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Excerpt for Atlis: Crónicas del mundo que perdimos by , available in its entirety at Smashwords

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ATLIS

Crónicas del mundo que perdimos







Copyright © 2018 J.G. Gutierrez All rights reserved.
ISBN-13:
9781729472491









Índice











Dedicado a mis padres, Juan Carlos y Norma


Dedicado a la Iglesia Evangélica en Parque Casas


A Marcos Medei


A Gustavo Sánchez


A Giuseppe Lioi


Al CEPEC





























Me voy a buscar el olor del mundo que perdimos, me apura la vida que no viví y me sobran las noches para huir

Caballeros de la Quema





He dicho que huir es una de las funciones primarias de los cuentos de hadas, y dado que no los desapruebo, queda claro que yo no acepto el tono de pena o burla con el que tanto se usa huir últimamente. ¿Por qué debería un hombre sufrir burlas si, encontrándose a sí mismo en prisión, intenta escapar e ir a su casa? ¿O si no puede hacer eso, pero piensa y habla sobre otros temas que no son carceleros y muros de la prisión?

J.R.R. Tolkien



Introducción



Nunca había creído realmente en los cuentos de hadas, siempre dije que me habría encantado que existieran, es más, hasta quise tener la ilusión de creer en todos ellos, pero el sentido de la realidad que este mundo me exigía me lo impidió. Ahora que soy mayor, estoy cada vez más cerca de creer en este otro mundo que tanto nos atrapa.

Cuando somos niños no hay ningún problema en creer los cuentos de papá y mamá, en Papá Noel, en Aslan o en Eru Iluvatar. Sin embargo, cuando crecemos, esto cambia completamente, la educación formal y las sociedades están alejadas de lo fantasioso y de lo romántico. Queda siempre en uno mismo rebelarse contra lo establecido y creer en todas estas cosas.

Encuentro consuelo en la Biblia. Muchos dicen que es literatura fantástica, yo opino que es un realismo clásico. Si puedo creer en todas las historias que relatan los textos sagrados del judaísmo y el cristianismo, la realidad de nuestro mundo, entonces, supera de manera impetuosa a la que nos quieren vender.

Quizás entre todos los pacientes psiquiátricos internados por esquizofrenia alucinatoria hay alguno que esté realmente sano, que ha abierto la puerta a ese mundo de hadas, elfos, ninfas, dríades y náyades, dioses menores, dragones y serpientes marinas. Pero este mundo obsesionado con ocultarnos estas cosas los ha encerrado y medicado para que no le cuenten a nadie.

Mientras pienso en todo esto hoy, no puedo dejar de pensar en George MacDonald, un clérigo anglicano del siglo XIX que abrió la puerta a este mundo maravilloso y nos explicó cómo el cristianismo se acerca a esta alegría, Fantastes es un claro ejemplo.

Cuando C.S. Lewis y J.R.R Tolkien leyeron a MacDonald, su vida cambió para siempre (la mía también) y comenzaron a describir todo lo que vieron en Narnia y en la Tierra Media.

No nos confundamos. No es que George MacDonald haya inventado el País de las Hadas, o que Lewis haya creado Narnia, o que Tolkien haya escrito de su propia imaginación la Tierra Media.

Ellos estuvieron allí y nos contaron lo que vieron, pero si lo hubieran relatado como una experiencia realmente vivida, los habrían encerrado en un manicomio y no habrían sido los grandes escritores que conocemos hoy.

Yo postulo que Ánodos, es realmente George MacDonald a los 21 años, que Digory Kirke y los demás protagonistas de Las Crónicas de Narnia son representaciones de las visitas de Lewis al mundo de Aslan. Y que Tolkien ha estado en la Tierra Media, dejando a Christopher a cargo de las llaves. No se me ocurre otra explicación, ya que pienso de igual manera de Pablo de Tarso, de Elías o de Moisés sobre las cosas narradas en las Sagradas Escrituras.

Incluso los cruzados con su fanatismo, han escrito sobre dragones y bestias que hoy en día se creen inexistentes o de fantasía.

No podría saber estas cosas solo por haberme levantado temprano un día aleatoriamente. Realicé una investigación exhaustiva sobre el asunto, viajé y recorrí diversos países, explorando cuevas y casas viejas. Escribo este libro con el motivo de dar a conocer cada una de estas cosas, ya que las Autoridades Superiores me dieron el permiso necesario, la inspiración.

A continuación, adjuntaré las notas de mi diario de viajes para que usted, lector, o lectora, conozca las fuentes de este volumen.

1

Entrada


Querido lector, para sacarte de las confusiones que puedas llegar a tener, voy a contarte cómo fue que entré físicamente por primera vez en Atlis de manera completa. Podría decirte que la primera vez que entré fue al leer El Principito, pero esto puede tomarse como una cuestión filosófica y yo estoy hablando de hechos concretos y muy literales. Para comenzar, debo presentarme y contarte mi historia.

Mi nombre está al principio del libro y en la portada, pero ese nombre carece de importancia alguna, no es el nombre que realmente tengo, ya que los habitantes de Atlis me llaman con un nombre distinto.

Durante los años de mi juventud estudié arqueología, recorrí grandes sitios arqueológicos de Argentina, Chile, Perú y México.

Recuerdo que durante mi infancia pasaba largas horas leyendo libros como El Principito, El Quijote, el Popol Vuh y la Biblia. Me familiarice con cada uno de estos escritos, sus autores y los orígenes de cada cosa que escribían. Viajé por todo el continente americano y visité las grandes construcciones precolombinas. Más adelante, aprendí griego y hebreo para poder estudiar la Biblia en sus idiomas originales y viajé a Palestina para realizar los estudios correspondientes.

Luego recordé que durante mi adolescencia leí las grandes sagas nórdicas de Snorri Sturluson, así también las historias de los Nibelungos y las leyendas vikingas. Este recuerdo me llevó a visitar las regiones escandinavas. Encontré grandes tesoros vikingos de reyes como Harald Blåtand Bluetooth, Björn Ragnarsson, Sigtrygg Gnupasson y otros magníficos reyes y conquistadores. Me convertí en un reconocido arqueólogo conferencista, amasé grandes riquezas y premios.

Un día, todo cambió, un descubrimiento dio vuelta mi vida, grande fue mi sorpresa cuando encontré la espada de Siegfried. Aquella con la que el mítico personaje dio fin al dragón Fafnir. La espada estaba esperando por mí en una cueva oculta a simple vista, y junto a ella, el esqueleto de Fafnir.


Haber hecho este descubrimiento me llevó a que mi creencia en los relatos de mi juventud renaciera como un flechazo. Preparé grandes conferencias y anuncié por todos los medios mi descubrimiento y las conferencias que se llevarían a cabo para demostrar semejante hallazgo. Naturalmente nadie me creyó, dijeron que las fotografías eran falsas, que los huesos eran de cocodrilo, los cuernos de markhor y que no había forma de comprobar nada.

Cuando un grupo de colegas me acompañó a la cueva, resulta que esta ya no estaba. No había siquiera un rastro de los elementos que me llevaron allí en primer lugar. Ese suceso arruinó para siempre mi carrera como arqueólogo y profesional.


Entré en una profunda depresión, mi pipa y las pintas se habían convertido en mis fieles amantes. Preocupado por mi salud mental, fui a diversos centros de atención psiquiátrica, estuve medicado y en tratamiento terapéutico. Logré superar mi depresión y el trauma generado por el fracaso laboral. Todo iba bien, hasta que mi padre me invitó a ir de pesca a Puerto Gaboto, una localidad cerca de Rosario, Argentina.

Puerto Gaboto es la ciudad más antigua de Argentina. Un explorador veneciano, Sebastiano Caboto, llegó al pueblo en 1527, construyó un fuerte que hasta hoy en día permanece, exploró la Cuenca del Plata y volvió a Europa.


Mientras pescábamos, decidí dar una pausa para recorrer aquel lugar que ya conocía de memoria, fue entonces cuando en una de las grandes elevaciones rocosas que hay en las costas del río, encontré una pequeña caja con apariencia antigua, precolombina, o incluso anterior. No le dije nada a mi padre y guardé mi hallazgo.


Esa misma noche, al llegar a nuestra casa de campo en Gaboto, comencé a dudar si abrir la caja o dejarla allí. Si era un fraude, podría volver a sufrir nuevamente lo que pasó en Escandinavia y no sabía si estaba realmente dispuesto a que eso pasará. Pero, por otro lado, si era un hallazgo real, iba a tener valor. Pero me ganó la indecisión, así que dejé la caja en mi mochila y me acosté a dormir.


Luego de unos minutos intentando dormir, tuve que levantarme y examinar la caja porque mi curiosidad no me permitía cerrar los ojos sin imaginar todas las posibilidades que el objeto y su contenido abarcaban.


Fui desde la cama hasta la mesa, encendí una pequeña lámpara para no despertar a mi padre con la luz principal y removí todo el barro que cubría la caja, propio del río. Al ver la caja ya limpia y reluciente, mi emoción fue tanta que casi no logré contener un grito de alegría. Era una caja con escrituras en un idioma desconocido, no parecía ser de América. Cuando abrí la caja, encontré una daga y un mapa antiguo. El mapa tenía dos marcas; una en lo que hoy conocemos como San Juan y otra en lo que hoy es Tandil, con una inscripción en un idioma que en ese momento desconocía.

Volví a Buenos Aires a la mañana siguiente. Fui a mi café favorito como de costumbre, me senté en la mesa que está pegada a la primera ventana, como de costumbre, pedí un café negro bien cargado y dos medialunas saladas, como de costumbre.


Algo que no formaba parte de aquella rutina, era que me sentía observado. En el café estaban los mismos de siempre. Don José leyendo el diario con cara de amargura, María Estela con el novio de turno, Juana dibujando de espaldas a mí para que no la mire a los ojos, pero, en el lugar donde tenía que estar Don Martín, descubrí que había un hombre mirándome fijo. Parecía extranjero, pero no podría precisar exactamente su origen étnico. Tenía una edad entre veinticinco y treinta años. No era nórdico, no era indígena, no era árabe ni asiático. Tenía la piel más blanca, la cara más alargada y delgada, los ojos verdes y el pelo largo más negro y lacio que jamás habían visto mis ojos, llevaba un gorro para el frío. Medía cerca de dos metros y los demás parecían no verlo. Observándolo bien, lo había visto en el subte la semana anterior. Incluso me pareció verlo en Gaboto, pero descarte esa impresión ya que habría sido demasiada casualidad. No le presté más atención. Pagué la cuenta y me fui a trabajar. Había logrado fundar un estudio de diseño con el dinero sobrante de la arqueología.

Eran las ocho de la noche, el turno había terminado media hora antes. Mientras volvía del estudio a mi casa, en una esquina, estaba otra vez este hombre. Ahora apoyado contra una pared fumando. Comencé a preocuparme, ya que era obvio que me estaba espiando. Como me era necesario y obligatorio pasar por donde estaba esta persona, decidí hablarle. Me acerqué despacio y le dije;


—Muy buenas tardes. No pude evitar notar que me está siguiendo, ¿Hay algún problema? ¿Lo tengo que seguir a algún lado? —Sé que no habría sido lo que la mayoría hubiera hecho, pero mis compañeros de trabajo me estaban vigilando a prudente distancia, ya que les había contado la situación—
—Muy buenas tardes —Me dijo con un acento completamente desconocido— Necesitamos hablar con usted, le enviamos cuatro cartas a su casa en Rosario pero nadie contestó. —Hacía algunos años que ya no vivía en Rosario. —Durante diez años hemos intentado contactarlo, desde que nos enteramos del hallazgo del dragón.

Cuando el extraño hombre dijo aquello, me estremecí y la mente se me llenó de dudas. ¿Me habrá creído? ¿Por qué habla en plural? ¿De dónde es?

Supongo que es uno más de los que me buscan para burlarse. Quiero decirle que no tengo intenciones de…

Nada de eso. —me interrumpió— Pero no es algo que podamos hablar aquí. ¿Sería tan amable de invitarme a su casa?

Tendrá que disculparme mi extraño amigo, pero no lo conozco y por eso mismo es que no voy a abrirle la puerta de mi casa.

Ni bien terminé de decir “casa”, él sacó de su bolsillo lo que parecían ser mis llaves. Como un reflejo natural comencé a buscar mis llaves y obviamente no las tenía. Si bien me sentí agredido, el hombre no aparentaba tener malas intenciones, así que no tuve más remedio que llevarlo a mi casa. Hice señas a mis vigilantes compañeros de trabajo para decirles que todo estaba bien.

Cuando llegamos a casa, le ofrecí mate, café, té y tabaco, me aceptó todas y cada una de las opciones de lo que tenía a mi disposición.

Dígame si no es mucha molestia, quién es y qué desea saber sobre la exploración en Escandinavia.

Mi nombre es Resande, formo parte de un grupo de personas que se dedican a contactar a aquellos que encontraron evidencias de la existencia de seres fantásticos.

O sea que es un criptozoólogo. Mire querido Resande, no me interesa la criptozoología. Soy un arqueólogo retirado y un diseñador de relativo éxito en Buenos Aires, no quiero entrometerme en buscar al Yasí Yateré en Misiones ni cosas por el estilo.

Mi querido Valittin, no soy criptozoólogo.

No me llamo Valentín, me llamo Joaquín, así que por favor no confunda mi nombre.

Lo llamé Valittin, ya que usted ha encontrado restos de un antiguo Fortært que los Rajenta del pasado creían haber cerrado, pero no lo hicieron.

¿Es usted sueco, Resande? —Pregunté haciendo de cuenta que no había dicho nada que yo no hubiera entendido. —

Viví años en Suecia. Pero no soy de allí. —Di por sentado que era polaco.

Dígame, ¿Qué significa “Fordert” y “Rashenta”? Y ¿qué tiene que ver con que me haya llamado “Valittin”? —En ese momento Resande me estaba mirando fijo con la pipa en la boca, la taza de café en una mano y el mate en la otra, las largas piernas cruzadas y el reclinado en mi sillón.

Antes de contestarte, Valittin, dime, ¿Crees en los cuentos?

¿De qué me hablas? —Comencé a tutearlo, dado que él lo había hecho primero y además me puso un apodo. También empecé a pensar que se iba a burlar de mis creencias religiosas.

Cuentos, aquellas historias que tu madre te contaba sentada a la orilla de tu cama, sacada de libros, las historias que leíste en tu infancia y adolescencia, aquellas cosas en las que no cree la mayoría de la gente. ¿Crees?

¿Cosas como dragones, hadas, ninfas, Jormungandr, Quetzalcóatl y esos seres?

Exacto. ¿Crees en su existencia? —No podía decir que no, ya que había encontrado el esqueleto de un dragón nórdico, pero, por otro lado, estuve medicado en contra de alucinaciones por ese mismo hallazgo. Y en mi mente existía la posibilidad de que Resande fuese, o una alucinación, o un enfermero enviado desde alguna institución psiquiátrica, y que, si le decía que sí, me encerraran en algún loquero.

Mirá Resande, siempre quise que aquellos seres y sus correspondientes mundos existieran, pero precisar si creo activamente que existen, no podría contestarlo concretamente.

Entonces contestame otra pregunta. ¿Crees en aquel a quien tu gente llama Dios?

Sí, sin duda. —Toda mi vida fui protestante, orgulloso de la Reforma Luterana y las cosas que desencadenó.

Entonces, si puedes creer en algo así de fascinante y fuera de la cotidianeidad de lo común, cosas que tus ojos aún no vieron más que en las páginas de papel, ¿Por qué ahora que has visto el esqueleto de Fafnir con carbón en sus costillas, no crees en los seres mal llamados “fantásticos”?

Tu pregunta es válida Resande, pero, ¿Cómo sé que no estoy loco? ¿Cómo sé que no estás loco tú también y por eso me vienes a hablar de esto?

Trae la caja que encontraste en Gaboto. —Le di la caja— Estos dos puntos que ves aquí, son Fortært. Esta inscripción que ves aquí, dice “Mavalla”. Una traducción aproximada a lo que es tu idioma, sería “Camino”.

Pero, ¿De dónde es esta caja?, no es de los pueblos nativos de América. Su ornamentación es completamente desconocida. Y, además, ¿Cómo sabes ese idioma? —Resande se paró.

¿Crees en los cuentos, Valittin? —Preguntó con el tono de voz más tenebroso que había escuchado en mi vida.

No lo sé. —Mi visitante se sacó el gorro y lo que vi me perturbó, no lo podía creer, estaba absorto.

¿Ahora crees en los cuentos?

Tus orejas… ¡Son como las de Spock, o Legolas!

Verás Valittin, Meidän Maailmamme te reclama. Los antiguos hombres del norte de tu mundo fueron criados por nosotros. Les enseñamos a hablar y les dimos todos los conocimientos. Ellos construyeron monumentos en los Evig que estaban más cerca del suelo. Les enseñamos a abrir Fortært para visitarnos. Incluso…

Espera un poco. —Interrumpí— Creo que vas a tener que ir un poco más despacio y contestarme algunas preguntas antes. —Resande asintió con la cabeza— Antes que nada. ¿Quién y qué eres?

Soy lo que en tu cultura se podría llamar un elfo, un alto elfo de los bosques que hay en los mundos de Meidän Maailmamme. Soy el Rajenta al que le fue encargado vigilarte.

¿Que es un “rashenta”? Y ¿Qué es “meidaneilmane”?

Un Rajenta es un constructor encargado de abrir, mantener y cerrar los Fortært que comunican Meidän Maailmamme con tu mundo. Este último es el lugar de donde vengo. El lugar de donde salen las grandes leyendas e historias. En otro tiempo de la historia, ambos mundos tenían comunicación activa, de público conocimiento y de gran valor. Los seres de ambos universos iban y venían entre uno y otro, había comercio. Pero los humanos de aquí arruinaron todo con la corrupción de sus corazones, y con el tiempo se cerró la comunicación, los grandes poderes de ambos mundos decidieron mantener en secreto aquellos tiempos y hacerlos pasar como si fueran cuestiones propias de la imaginación.

Se cerraron todos los Fortært y los Evig quedaron ocultos para los hombres.

¿Qué son esas dos palabras que mencionaste últimas?

Evig y Fortært son los puentes que conectan ambos mundos, los Evig son eternos, siempre estuvieron allí, no se sabe quién los abrió. Pero los Fortært son hijos de los Evig, y los Rajenta fuimos capaces de abrirlos, por lo tanto, nos fue encomendada la tarea de mantenerlos, vigilarlos y, si hace falta, cerrarlos. —Luego de un largo momento de reflexión, le dije:

Te creo Resande. Los humanos somos aquellos que perdimos las grandes maravillas antiguas. Somos los culpables de introducir el pecado a toda la raza. Somos los culpables de matar lentamente este mundo. Hemos perdido la Atlántida… —En ese momento, desde mi asiento, podía divisar en mi biblioteca, el libro de Ann Smith, “Atla” y se me ocurrió lo siguiente: —Hemos perdido Maailmamme, o Atlis. —Resande me miró curiosamente. Había entendido lo que quise decir.

Desde tu infancia te estuve observando, disfrazado en distintas personas que se encargaron de que nunca dejes de creer en los cuentos. Cuando te internaron en el psiquiátrico, me preocupé de que olvidaras todo lo que sabías sobre Maai… quiero decir Atlis.

Nunca estuve allí.

Sí que estuviste allí. Tu padre te leía “El Principito” y “El Quijote”. De pequeño leías los mitos griegos. En tu adolescencia leíste Las Crónicas de Narnia y el Legendarium. ¿Dónde crees tú que están esos lugares? No están en los libros solamente. Si C.S Lewis y J.R.R. Tolkien hubiesen dicho que ellos realmente estuvieron en aquellos lugares, ¿Crees que no los habrían internado? Todas las grandes historias que la gente común de la Tierra considera ficticias, transcurren en distintos mundos de Atlis. Quizás no fuiste físicamente a visitar Atlis, querido Valittin. Pero si has estado allí. Y es hora de que lo visites físicamente.

¿Vamos a ir a Atlis? —Dije poco convencido.

Por supuesto que iremos. Debemos llevar la caja con nosotros para que vuelva a donde pertenece. No te preocupes, el tiempo transcurre distinto, cuando vuelvas, quizás nadie note que te fuiste. Para abrir un Fortært necesito estar en un lugar abierto. Vayamos a la terraza de tu edificio. —dijo el elfo.

¿Así, sin equipaje? —Realmente no lo creía aún.

No necesitas más que la ropa que tienes puesta…  quizás tus libros, un poco de tabaco y tu equipo de mate.

Muy bien, ya estoy listo, vamos.


Resande sacó del bolsillo de su saco una llave azul. Comenzó a entonar una canción en el tono más grave de su voz. El idioma de aquel cántico me resultaba de lo más ajeno, era la primera vez que escuchaba algo así. El ritual habrá durado tres minutos máximo. Cuando el elfo terminó de cantar, comenzó a caminar hacia el borde de la terraza. Se paró sobre la baranda y mirando hacia adelante, como si tuviera algo frente a sus ojos, hizo un movimiento con la mano, como si estuviera introduciendo la llave en una cerradura. Sonó un estruendo grande, aún más ruidoso que cualquier trueno. El espacio se abrió como una puerta corrediza alrededor de la llave. Resande volteó y me miró, pero esta vez sus ojos parecían relámpagos azules y estaba tan serio que sentí terror.


—Andando Valittin, tu primero. —Dijo con 4 voces juntas, todas de Resande, pero a la vez no.

S-sí, lo que digas. —Contesté tembloroso.


En el momento que puse un pie sobre el portal, este me absorbió sin previo aviso y comencé a caer en lo que parecía un túnel de luz sin fin. Miré para arriba y vi a Resande saltar prolijamente detrás. En algún momento de la caída, Resande clavó la llave en lo que parecía ser las paredes de aquél lugar. Mientras caíamos, la llave rayaba la luz aparentemente sólida, la velocidad a la que atravesábamos el túnel comenzó a disminuir hasta detenerse por completo. Cuando por fin pude ver con claridad, estaba recostado sobre el césped más suave y acolchonado que alguna vez haya visto, o tal vez si, en algún sueño.
Levanté la vista y vi a Resande colgando de la llave a cuatro metros sobre la tierra. Procedí a incorporarme, fue entonces cuando me maravillé de lo que veía. Si has leído El Gran Divorcio, de C.S. Lewis, tendrás una idea de lo que voy a describir. El cielo parecía estar infinitamente más lejos que en nuestro mundo, había más lugar para respirar. En el cielo se alcanzaban a divisar como si fueran lunas, otros espacios de tierra flotante, con castillos, palacios, construcciones gigantes, laberintos otras cosas, aun así, quedaban inmensos espacios de cielo vacío para mirar. Nos encontrábamos en un descampado enorme lleno de césped multicolor, a la distancia se podía observar lo que parecía ser un castillo gigante, del tamaño de una montaña de nuestro mundo.

Resande bajó del cielo con una voltereta en el aire y cayó de pie. Pronunciando palabras imposibles, llevó la llave frente a sus ojos, la quebró con ambas manos y con una mirada fulminante la destruyó.


—Listo, el Fortært que abrimos en tu terraza ya no existe. —Dijo el elfo con una sonrisa. —Esto es Maailmamme, mi hogar, estamos donde alguna vez estuvo Gyllene, el reino de los Haltiatti, los Altos Elfos según lo que tú conoces. Debo advertirte; Así como en tu mundo está impuesta la creencia de que todo lo que viene de tu mundo es malo, los padres prohíben a sus niños acercarse a los Rajenta y puede haber disturbios si alguien ve un Fortært, es más, en algunos mundos están prohibidos.

¿Mundos? ¿Estás hablando de planetas?

No. Todo Atlis es infinitamente grande, nadie sabe con certeza cuántos mundos hay. Los mundos son estos grandes trozos de tierra que ves aquí y en el cielo. Están conectados por Fortært y Evig, hay constante comunicación entre mundos.

De acuerdo, supongo que comprendo. —Dije preparando mi pipa—¿Qué sigue ahora?

Tenemos que ir a visitar los distintos pueblos que hay en este mundo, no podemos viajar solos, es peligroso.

¿Por qué es peligroso?

Hay habitantes de este mundo y otros que han odiado a todos los habitantes de tu mundo que entraron aquí. No les gusta la idea de que ambos mundos tengan comunicación, ya que los humanos fácilmente corrompen todo cuanto tienen oportunidad de tocar. No es que siempre sean malos, sino que no lo pueden evitar. Cuando ciertas razas se enojan, pueden cambiar de forma y personalidad y volverse sumamente agresivos. Es por eso que debemos andar con cuidado.

Ahora, querido Valittin, andando, estamos a dos días de camino, a menos que encontremos transporte.

¿Transporte? —Pregunté.



2

Los jardines

Mientras Resande caminaba, junto a mí, pude notar que en su interior brotaban grandes ideas sobre todo lo que podía hacer en Atlis conmigo, ya que siempre estaba solo. La soledad era parte común de la vida de los Rajenta. La sociedad desprecia a los porteros de Fortært, ya que estos están en comunicación con los humanos de nuestro mundo y eso les trae el rechazo de sus conciudadanos.


Los Rajenta eran elegidos por voluntad del Concilio de Todos los Mundos.

El Concilio estaba formado por los reyes de cada mundo de Atlis. Cada especie elegía cien Porteros para cada mundo dependiente de Atlis. Resande fue elegido por los elfos para ser uno de los porteros de nuestro mundo. Alguien podría preguntar, con razón, si no me parecía fascinante estar ahí, si no era algo para ponerse eufórico de alegría, saltar y reír. Lo cierto es que era todo tan extrañamente familiar que más que aquel conjunto de locura feliz (que más adelante habría de estallar en mi), sentía melancolía y nostalgia. Yo ya había recorrido los enormes jardines de Atlis cuando dormía de niño, y, si tú, lector, escuchaste los más maravillosos cuentos de cuna, si creíste en algo más de lo que nuestros ojos ven, si disfrutaste cada vez que saliste de tu casa como una aventura mágica sin importar a donde fueras, te aseguro que tú también estuviste allí.


Aproveché el viaje para conversar muchos asuntos concernientes a Atlis con el elfo y para conocerlo mejor. Lamentablemente noté que no estaba del todo dispuesto a hablar conmigo aún. Podía deberse a que yo soy humano y en algún momento me iba a tocar morir, por lo cual, involucrarse emocionalmente en una amistad conmigo, le significaba el dolor de una pérdida, cosa rara vez sentida por seres inmortales como los elfos.

Mientras caminábamos a un buen ritmo por el descampado sin senderos por el que íbamos (luego Resande me explicó que ese era un lugar sagrado conocido como “Los Jardines”), se me ocurrió preguntarle muchas cosas para tener una conversación, ya que llevábamos media hora caminando en un silencio incomodo interrumpido por un par de canciones que el elfo entonaba solemnemente. Se me hacía demasiado serio en aquel lugar, siendo que en mi casa se había mostrado excesivamente confiado y alegre.


—¿Cuántos años tienes, Resande? Pareces de veinticinco o treinta, pero por lo que leí cuando era pequeño, los elfos viven para siempre a menos que una enfermedad o un asesino les de muerte.
—Tengo más años que tu país, más años que los que lleva colonizado tu continente, más años de los que lleva en vigencia la corona Inglesa y mi edad es mayor al número de años que se cuentan desde que Cristo pisó tu mundo.

Que complicado que eres para contestar. O sea que tienes más de dos mil años.

Si, en edad de los elfos soy bastante mayor.

Dijo incómodamente.

Me imagino que la cantidad de hijos, nietos y demás descendencia que tienes debe ser bastante alta, dado a que viviste tantos años.

A los Rajenta no se nos permite casarnos y mucho menos tener hijos.

Contestó cortantemente.

Puedo imaginarme por qué. Se parecen a una gente que conozco bien, abundan en mi país. ¿No se puede renunciar a ser Rajenta?

Eso significa el exilio. Es considerado traición al Concilio.

Pero, apuesto a que la remuneración debe ser alta. —Comenzaba a sentir lástima por él.

Agradecería que dejemos de lado mi tarea de vida asignada. —Dijo de mal humor— Dime Valittin, ¿Por qué no te casaste? Llevo veinte años vigilándote y cada vez que parecías encontrar el amor, todo se terminaba abruptamente. Pero aquella dulce joven, aquel “recurrente error” como lo llamabas hace años, ¿Por qué ella no?

Agradecería que dejemos de lado mi… estupidez. —Contesté correspondiendo a su mal humor.

Nunca voy a entender a los humanos, dan vueltas alrededor del amor como si fueran ellos quienes lo manejan, como si estuvieran compitiendo para ver quien se rinde primero. Podría contar con los dedos de una mano cuantos romances históricos de tu mundo fueron verdaderamente ardientes, apasionados y tristemente, ficticios.

Razón no te falta, estoy de acuerdo. Quizás la respuesta a tu pregunta sobre mis romances es justo lo que acabas de decir; Nunca tuve ganas de dar vueltas alrededor del amor como en una guerra. Un filósofo de mi mundo, dijo que el amor es ver la debilidad en la otra persona, y en lugar de avanzar contra ella, como en la guerra, se defiende a la otra persona y se muestra la debilidad propia, esperando que la otra persona tampoco dispare. Pero esto nunca es puesto en práctica allá… sino todo lo contrario.

Dime, ¿Cómo son los romances élficos?

Nada que tu o tu especie conozcan realmente. Pero después de tantos años observándote, sé que es algo que tú desearías. Los elfos no conocemos los celos, ni la inseguridad. Rara vez se dan desamores, ya que cuando alguien se enamora entre los elfos, no hay dudas de que sea completamente sincero. En la historia de millones de años que llevamos en Atlis y en los mundos élficos, ha habido un solo caso de adulterio, un humano casado con una elfa fue el culpable.

Tienes razón en cuanto a que es algo que realmente deseo. Mi juventud y mi capacidad de enamorarme rápidamente me impidieron vivir tranquilo mientras duraron mis amores correspondidos, por pocos que hayan sido. Cansé a mis más cercanos amigos hablándoles de ellos, hasta que quedé solo con mi dolor. Entre whisky y humo de tabaco pude olvidarme, pero no puedo decir que lo superé.

No todo es tan grave, si bien los humanos no siempre van a encontrar el amor con ochenta años, o con cien, tú todavía estás claramente a tiempo. —Dijo notando mi claro desánimo a raíz de la conversación.

No es algo por lo que me preocupe a menudo. —Dije preparando mi petaca de whisky.

No es necesario que hagas eso.


Fue una charla larga y bastante emocional. Todo lo que hablamos fue sumamente profundo, pude contarle mi vida entera a lo largo de aquel día, ya que no he vivido tantos años. Pero para que Resande me cuente su vida entera, habríamos necesitado algunos años, ya que dos mil cuatrocientos cincuenta y ocho años no se pueden contar en una noche, una semana, un mes y ni siquiera en un año, al menos en nuestro mundo. Resulta que para los habitantes de Atlis, nuestro mundo se llama “Tumundo”.

Hablando largamente, nos alcanzó la noche. Ya que mi reloj no servía en Maailmamme, Resande me explicó cómo se cuentan las horas en esa región de Atlis, ya que la superficie sobre la cual estábamos no era un planeta esférico, sino una porción aislada de tierra flotante, no hay un sol que da vueltas alrededor de los mundos, sino que los soles son seres vivos que tiene romances con las lunas. Si en algún momento estos seres necesitan verse con sus compañeros de otros mundos, cubren de nubes el cielo que les fue asignado y completan sus amores en pasiones que explotan en luces gigantes, visibles desde todos los puntos de Atlis.

Cuando tuve acceso a los mapas de Maailmamme y otros mundos, pude comprender que son continentes flotantes, ampliamente mayores a los de nuestro mundo, así que explorar Atlis me iba a llevar un tiempo largo, pero aún falta para que pueda contarte eso.

Al despertar, descubrí que aún era de noche, así que volví a dormir. Mi intento fracasó, ya que Resande me estaba levantando las mantas que usé como cama.


—¿Qué haces? Es de madrugada todavía. Quiero seguir durmiendo un poco más.

Dormiste suficiente y hay que seguir viajando, Valittin, lo lamento.
—¿Qué hora es? —Pregunté malhumorado a causa del sueño que sentía en ese momento.

Las diez de la mañana. — Me pareció una respuesta notablemente extraña, ya que el cielo era espectacularmente negro y lleno de estrellas. Luego Resande me explicaría que no eran estrellas, sino las luces de las casas, lunas y seres de otros mundos que se divisaban en el cielo de Maailmamme, que durante el día se veían como imágenes transparentes del cielo brillantemente celeste de aquél lugar.

¿Cómo pueden ser las diez de la mañana si es claramente de noche?

Aquí un día dura 60 horas de tu mundo. —Dijo Resande con tono risueño.

Siempre soñé con eso. —Recordé la frase de Abraham Lincoln “Ciertamente 24 horas no alcanzan para aprovechar un día”. Ese sueño mío se cumplía en Atlis. Podía despertarme, leer, tomar café, almorzar, dormir siesta y tan solo habría transcurrido menos de un cuarto de día. —

No me gusta pasar demasiado tiempo en tu mundo. Viven sumamente apurados y no disfrutan tanto como se podría, además… —Hizo una pausa— mueren muy pronto.


Me quedé en silencio mientras
Resande levantaba el campamento que prolijamente había levantado la noche anterior… quiero decir, unas horas antes. Después de unos minutos de emprendido el viaje nuevamente, se me ocurrió preguntar nuevamente por el viaje.


¿Cómo puede ser que no nos hayamos cruzado a nadie durante todo el día de ayer? —Pregunté mientras encendía mi pipa.

Nadie viene por estos lugares, hay un Evig a unas horas de donde entramos.

¿No les gustan los Evig?

No. Dado que normalmente los humanos atraviesan involuntariamente estos puentes, la mayoría de los Evig han sido obstruidos y se prohibió acercarse a ellos.


—¿No es más fácil cerrarlos?

¡No! —Dijo Resande exaltado y enojado. —¡Es un sacrilegio! Nadie sabe quién abrió los Evig, ni cómo, ni porqué, cerrarlos sería una verdadera locura.

Está bien, no lo sabía, cálmate. —Dije intentando no enojarme yo también

Los únicos que han cerrado Evig fueron los Traidores. Seres malignos, rebeldes a las Grandes Leyes Naturales de Atlis que partieron hacia tu mundo para ser adorados como dioses por los humanos. Tomaron formas de animales y hablaron a los hombres para que los adoren. Torpemente cerraron sus Evig creyendo que eran los únicos puentes que existían, para su desgracia, estaban equivocados. Fueron atrapados y encarcelados en el fondo del océano de la Tierra.

¿Es por culpa de ellos que los humanos son despreciados aquí? —Pregunté convencido de que tendría oportunidad de caerle bien a alguien.

No. Es por culpa de los humanos que ellos corrieron esa suerte. Pasar demasiados años con humanos insensibles a la magia verdadera puede corromper el corazón de aquellos que venimos de Atlis y sus mundos y hacer nacer la maldad en ellos.

¿No hay maldad en Atlis? —Comenzaban a molestarme los constantes comentarios negativos hacia mi raza, pero cuando pensaba un poco, sabía que tenía razón.

Si la hay, y es claramente peor que la de tu mundo. Pero está prohibido hablar de eso. Nadie conoce realmente su origen, pero no es como la maldad en tu mundo. Cuando sucede aquí, arruina mundos, los destruye.

También hay otra maldad, los esposos que golpean a sus esposas, padres que maltratan a sus hijos y gobernantes que dan tratos injustos a sus súbditos. Como el Concilio.

Ya veo. Aquí también existe lo que a mi gente y a mí nos gusta llamar “Depravación Total”.

Tienes suerte de que estemos en Los Jardines, nadie se permitiría escuchar estas cosas en la ciudad.

Resande, ¿Nadie viene a Los Jardines? ¿Cuántos son? —Pregunté por curiosidad.

Nadie viene aquí porque es un lugar sagrado. La gente común no se acerca a estos campos por respeto. —Dijo Resande mirando hacia atrás.

¿Respeto? —Pregunté

Si. Respeto. Los Jardines son los lugares donde transcurren los sueños de los niños de todos los mundos. Sus corazones los transportan hacia aquí mientras duermen. Pueden jugar ilimitadamente. Verás Valittin, los niños de tu mundo llegan a ser reyes en los distintos mundos y reinos de Atlis. Son los únicos con la certeza de fantasía que se necesita para reinar aquí. Te sorprenderá saber que muchos reinos de los que visitarás están gobernados por niños humanos. Quizás tus sobrinos estén aquí ahora. Para ellos sus sueños duran algunos minutos de sus horas de sueño. Pero aquí, sus reinados duran años. Lamentablemente lo olvidan al crecer.

¿Cuantas veces fui rey en Atlis? —Comenzaban a agradarme cada vez más las cosas que escuchaba.

Miles de veces. —Dijo— Al igual que muchos otros humanos.
—Ya veo, eso disminuye mi ego.

Pero hay algo con la gente que es como tú. Ellos siguen viniendo a estos campos incluso durante la adultez y sus sueños se vuelven cada vez más reales. Has traído a tus amores más grandes a Atlis. Vienes aquí a visitar a tus seres queridos, incluso a tus mascotas. Dios mismo se te ha presentado aquí algunas veces.

Resande, dijiste que estuviste veinte años observándome, ¿Cómo puede ser que sepas lo que pasaba conmigo aquí, si estabas observándome allá? —Me había incomodado un poco saber que Resande tenía conocimiento de mis sueños—

Como Rajenta puedo abrir tantos Fortært como quiera. Ya que nadie viene a Los Jardines, nadie lo sabe.


Todavía estábamos hablando entre nosotros cuando una criatura negra y horrible, parecida a un perro desnutrido saltó sobre Resande. En el momento exacto antes de caer al piso, Resande pareció explotar en una nube de polvo que se trasladó a espaldas de la bestia que lo atacó. Mientras se movía en forma de polvo, lo único que se veía del elfo eran sus ojos, parecían luces de neón azul.  El enojado elfo en cuestión de tres segundos sacó de su cintura dos cuchillos que no había notado hasta entonces y los clavó en la cabeza de la bestia que cayó muerta en ese instante.


—¡Wow! ¿¡Qué fue eso!? —Dije recogiendo mi pipa, que se había caído en el momento del ataque.

Era una pesadilla. Duermen en las fronteras de Los Jardines y atacan a los niños que vienen demasiado preocupados. Pero no tienes que preocuparte, son entes solitarios y no suelen ser más de uno.

Dime Resande, ¿A dónde van los habitantes de Atlis cuando sueñan?
—No lo sé, si lo supiera, ya habría hecho un Fortært hacia aquel lugar y no habría vuelto nunca. Es más, si llego a saberlo, es lo que haré. —Contestó el elfo mientras en sus ojos brillaban chispas de emoción.

Algo me dice que no disfrutas tu tarea de Rajenta. —Dije rascando mi barba.

Y no estás equivocado Valittin, ¿Quién podría disfrutar ser elegido desde el nacimiento para tal tarea? ¿En qué corazón cabe la idea de que algo así sea deseable para un ser libre? Ciertamente quiero casarme, tener hijos, nietos, una estirpe. Conquistaría tierras, formaría mi ejército y me rebelaría contra El Concilio y su tiranía. —Sus ojos se encendieron de nuevo.
—Veo que el fascismo también se da aquí. —Dije con una notable tristeza.

Los hombres aprendieron del Concilio. Ellos operan en tu mundo, son el lado maligno de Atlis, es de donde los monstruos humanos sacan fuerzas e ideas para las dictaduras de aquél lugar. No debería sorprenderte que todos sus miembros sean humanos.


No contesté. Me limité a fumar mi pipa mientras caminábamos. Por fin habíamos salido de Los Jardines. El pasto ya no era de una coloración con infinitas variables. habíamos llegado a un río angosto que separaba
Maailmamme de Los Jardines, en ese momento descubrí que Los Jardines eran una isla.


—Resande, ¿no podías abrir un Fortært desde donde caímos hasta nuestro destino? —Dije algo molesto de caminar.

Los Fortært están prohibidos en Maailmamme, llegamos a esa distancia porque el Evig de Los Jardines es lo más cercano que tenemos aquí a un lugar despoblado. —Dijo Resande.

Ya veo. —hubo silencio por algunos minutos— Antes hablaste de “Transporte”, ¿A qué te referías? —Pregunté

Lo verás en un segundo. Apenas terminó de hablar, corrió desde donde estábamos hacia el río, saltó y con el clavado más prolijo que vieron mis ojos, se zambulló en él. Pasaron cinco minutos aproximadamente hasta que Resande salió montando un horrendo, espeluznante, oscuro y claramente agresivo ser.

¡Yo sé lo que es eso! —Dije temblando. —¡Es… ES!

¡Es un Kelpie, Valittin! —Dijo el elfo entre risas y gritos.


Era un Kelpie. Un caballo marino de la mitología celta según lo que yo sabía. Estos seres se dedicaban a comer el ganado que pastaba en los ríos, pantanos y arroyos, así también niños, adultos y ancianos. No era algo agradable de ver cara a cara. Según Resande no son seres agresivos si están domesticados, el mito de su agresividad surge de aquellos que atacaron humanos en la tierra. Por mi parte, hasta el día de hoy, cuando voy a Atlis de visita o vacaciones, no confío en estos seres.


No esperarás que monte eso, ¿O sí? —Pregunté preocupado.


—Me extraña de ti, compañero. Toda tu vida has querido ver esto. —Dijo con fuego en sus ojos. —Pero no espero que montes a este, capturarás uno para ti. —Exclamó mientras me arrojaba uno de sus cuchillos desde los lomos del ser marino.


Noté que
Resande disfrutaba gratamente cualquier momento de exaltación de ánimo, cualquier aventura lo sacaba de su ensimismamiento. No cualquiera se comporta así a los dos mil cuatrocientos cincuenta y ocho años de edad, y mucho menos captura un Kelpie a esa edad. El elfo tenía razón, toda mi vida había esperado ver algo así. Fue en ese momento cuando comprendí algo más de la naturaleza humana; ansiamos ver cosas que jamás vimos o veremos (a menos que estemos en Atlis) pero cuando estamos cerca de verlas, o se nos presentan argumentos sobre su existencia; desconfiamos y tememos ¡Cuanto más cuando finalmente las vemos! Lo mismo pasa con el amor. Nos enamoramos, ansiamos estar unidos con esa persona, pero cuando estamos cerca de un beso o una confesión; desconfiamos y tememos ¡Cuanto más cuando finalmente se da! Los elfos por lo general no conocen estas presiones, ellos conviven con estos seres mitológicos, sus romances son puros y sinceros, sus seres queridos no mueren con tanta frecuencia como los nuestros. Pero Resande conocía algo parecido, yo se lo atribuyo a la cantidad de años que pasó en la tierra. La tragedia humana sobre la que escribieron Salomón, Nietzsche y Moliere, es contagiosa a seres tan longevos. Intenté ignorar mis dudas y desconfianzas de este momento y me arrojé al río con el cuchillo en la boca. No era lo que uno esperaría al lanzarse a un río, dado que podía respirar, lo cual hizo todo mucho más fácil. La profundidad fue otro de los factores que me sorprendieron, ya que era como campo de kelpies corriendo libremente bajo el agua. Nadé hasta el lecho del río y comencé a perseguir a un Kelpie de color azul claro, con crines celestes, parecía más joven que el resto, pero igualmente mortífero. Después de una larga batalla, logré aferrarme al cuello de mi presa hasta que pude dominarlo y llevarlo a la superficie. Ciertamente terminé mi tarea agotado, al igual que el kelpie.

¿Y ahora que, Resande?

Ahora vamos a navegar a bordo de nuestros amigos, en algunas horas llegaremos a una aldea.



3

Corazones



Después de algunas horas navegando sobre los kelpies, llegamos a las orillas congeladas de una playa con la arena más blanca que había visto, parecía nieve. Dejamos ir a las bestias que estábamos cabalgando. Al cabo de aproximadamente media hora caminando, llegamos a una aldea con calles de piedra, al igual que las casas. Esta pequeña localidad presentaba un paisaje maravilloso, su arquitectura era algo que solo había visto en sueños hasta ahora, usaban triángulos en sus fachadas, círculos en sus chimeneas, y formas que a primera vista resultaban irregulares, pero, al observarlas con atención, presentaban una proporción maravillosa. Los habitantes de aquel poblado eran gente con culturas parecidas a las humanas, pero vivían como si no supieran lo que es el tiempo. Pude observar entre sus edificios un pequeño edificio de índole religiosa.


¿A quién adora la gente aquí? —Le pregunté a Resande.

Al mismo que tú y tu gente. —Contestó.

¿Cómo puede ser? ¿Acaso la religión no es algo de mi mundo?
—¿Has leído “El hombre ilustrado”, del humano llamado Ray Bradbury, Valittin?—Preguntó el elfo.

, ¿Por qué?

En aquel libro existe un capítulo conocido como “El Hombre”, ¿Lo recuerdas?
—Sí, lo recuerdo, ahora entiendo cómo funciona. Y supongo que la entrada de humanos en este mundo también tiene su parte en eso, ¿No es así? —Dije mientras caminábamos.

Así es. Además, El Hombre ha llegado en distintas formas a otros mundos de Atlis, algunos hablan de un león, otros hablan de otras cosas, tú lo sabes bien. Aun así, no existe tal cosa como “La religión”. El sistema que oprime a los seres libres en nombre de una divinidad, aquí no es otra que El Concilio. Para estas personas el amor, la paz y la libertad de conciencia son los valores máximos por los cuales llegar a una deidad. —Dijo Resande mientras entrabamos en lo que parecía ser un bar o una taberna.

Ya veo, ojalá en mi mundo aquellos elementos se dieran de esa forma. Los intereses bélicos, económicos y egoístas de individuos poderosos les han ganado a los verdaderos valores de los textos sagrados. —Dije con tristeza a la vez que elegíamos una mesa. —Dime Resande, ¿las demás religiones también existen aquí? ¿Los seres de este mundo tienen deidades propias?

Así es, si buscas cristianos, judíos, musulmanes, taoístas, budistas o ateos, los encontrarás en Atlis. Además de estos cultos, hay gente aquí que sigue a los dioses nativos. Tus creencias no son de origen humano Valittin, has pasado demasiado tiempo en Atlis de niño.

Entiendo. Él también se ha presentado aquí.


La persona que nos atendió era una joven habitante de aquella aldea. No era elfa, no era humana, sus cabellos eran del color de las naranjas más brillantes que crecían en los jardines de la Duquesa de aquella parte de Atlis, su piel era del color rosado más pálido, casi llegando a blanco. Sus ojos eran dorados como el sol de Atlis, y su voz, Dios santo, su voz era como el sonido de la flauta de pan más dulce que Resande podía fabricar, ya que además de ser el orfebre real, era un excelente lutier. Quedé tan fascinado con la apariencia y la dulzura de la voz de aquella joven, que todo el mundo alrededor, pareció enmudecer, al menos hasta que un chasquido de los dedos de Resande frente a mis ojos me sacó de mi trance.


—¿Von hatia dubé parisú?. —exclamó la hermosa joven.
—Parisú dol Valittin, kofe ærtes midamuna halta. —contestó el elfo.
—Hiim… Valittin. —Dijo la joven mientras me sonreía. —Kofe ar Valittin. —dijo emocionada la dulce mujer.

Café y dos saladas por favor. —Dije yo desubicadamente.


La joven me miró extrañada durante algunos segundos y soltó una carcajada feliz y muy dulce, mientras se marchaba para lo que parecía ser la cocina


¿Que te dijo? ¿En qué idioma hablaron? ¿Qué le dijiste de mí? ¿Quién es? ¿Que…?

Cálmate Valittin. Me preguntó a quien había traído esta vez. Hablamos en Kunkili, la lengua de la luna. Le dije quién eras. Es la hija del dueño de esta taberna. Le pedí café y dos medialunas saladas. —Dijo Resande con un tono desagradable.

¡Es hermosa! Pero dime; ¿qué es el lenguaje de la luna? ¿esa chica viene de la luna?

Este poblado entero se formó a partir de exploraciones que tenían las lunas y soles de un mundo lejano. Esta gente desciende de ambas razas. —Dijo Resande mientras cerraba los ojos cansado del viaje.

¡Wow! ¿Eso quiere decir que ella tiene sangre de soles y lunas en las venas? Seres astrales de Atlis en su estirpe. —Dije aún más entusiasmado.

Así es. Necesitamos pasar por aquí a causa de los poderes de su gente. —Dijo Resande con toda naturalidad, pero encendiendo la emoción de a poco.

¡Poderes! ¿Qué poderes? —Pregunté casi gritando.

Dependiendo del estado de los corazones de estas personas, ellos asumen la forma de un ser de fuego al estar emocionados, llenos de alegría, enamorados o extasiados por algo. Pero al deprimirse, dudar, llorar o sufrir, se vuelven fríos, como hielo.

Supongo que será útil para nuestro viaje, a la hora de defendernos. —Dije con una amplia sonrisa.

Ella no viene con nosotros. Es su hermano a quien necesitamos. —Dijo Resande con una irónica actitud. —Veo que te interesa la joven, querido Valittin. No te recomiendo que te enamores aquí, pues tarde o temprano completaremos nuestra misión o moriremos en el intento, y en esos casos, o vuelves a tu mundo o vas al otro mundo.

Mi mundo me cansó, el utilitarismo reinante y la falta de emoción en la gente me han llevado al hartazgo. Quiero vivir aquí, casarme aquí, trabajar aquí, disfrutar aquí. Además, ¿Qué quieres decir con eso de que “moriremos en el intento”? ¿Tan peligroso es dejar la caja en el lugar al que pertenece? —Esto comenzó a afectarme negativamente.

Supongo que debí explicártelo mejor —Dijo Resande secamente— Yo dejé la caja allí para que tú la encuentres y así tener una excusa para que vuelvas aquí. Pero mis motivaciones contigo son otras.


No dije nada durante un rato, me sentía mal, usado, pero, por otro lado, estaba en Atlis, el lugar que siempre había soñado, y en Atlis estaba todo lo que siempre había soñado. Otra vez estaba enfrentando un riesgo y en mi mente suscitaba la misma premisa que surgió cuando vi al kelpie emerger del agua; deseamos grandes cosas, maravillas, magia, y cuando está frente a nosotros sucumbimos ante las dudas y el temor, al igual que en el amor. Finalmente reuní coraje, miré fijamente a Resande y dije;


¿Cuáles son las motivaciones? Intenta no omitir detalles.

Los Rajenta rebeldes nos encontramos en un espacio independiente del Concilio para buscar una solución a este castigo que ellos nos han impuesto durante siglos. —Dijo Resande mientras levantaba los brazos de la mesa para que la maravillosa joven nos sirviera el café.

Los humanos que conforman El Concilio de Todos los Mundos de Atlis no siempre estuvieron aquí. Antes de que los Traidores cerrarán sus Evig, dejaron pasar humanos por ellos, estos humanos fueron adorados como dioses aquí en Atlis, al igual que los Traidores en tu mundo. Naturalmente, mueren, son humanos, son débiles ante el tiempo, así que han formado su propia sociedad y se reproducen entre ellos, argumentando que esa es la pureza de los dioses y dejando así a sus hijos a cargo de sus puestos en la Mesa Áurea, que ellos usurparon.

Muy bien, ¿Y esto qué tiene que ver conmigo? —Inquirí mientras mordía una medialuna.

La única especie capaz de detener a los humanos, son los humanos, es por eso que El Concilio prohibió los Fortært de los Rajenta y bloqueó los Evig. Por temor a una revuelta total.

¿Y qué tiene que ver la caja? —Debo admitir que estaba comenzando a emocionarme la idea de la revolución.

La caja es el motivo por el que fui a tu mundo en primer lugar. Aún no se habían bloqueado los Evig más alejados, así que escapé de aquí en el momento que tuve oportunidad. Me encontré en Inglaterra, en medio de Stonehenge, cubrí mi identidad y me aproximé a la civilización.

Estaba paseando por una calle con muchas tiendas de antigüedades y vi la caja, con la inscripción de mi lengua, “Mavalla”. Solo había leído de aquél artefacto en libros. Por lo que me dijo el vendedor, la caja había llegado a Inglaterra luego de que un soldado inglés la tomara de un oponente derrotado que habría encontrado la misma en Malvinas. Cuando por fin pude descubrir en qué parte de tu mundo se encontraban las marcas que veía en el mapa, resultó que era en Argentina, la tierra de dónde vienes tú.

Debes saber que las civilizaciones americanas mantuvieron contacto con Atlis durante más tiempo que las demás, ya que fueron conquistadas por las fuerzas europeas mucho después. Mientras que en Europa ya habían sido bloqueados los primeros Evig, en Sudamérica aún vivían elfos, ninfas, dragones y uno de los Traidores, Quetzalcóatl, había criado hijos suyos; enormes serpientes emplumadas que resguardaban los Evig de las pirámides mayas.

Todos los seres de Atlis que convivían con aquellos humanos fueron asesinados junto con aquellas civilizaciones para que no revelasen en Atlis la bondad y riqueza alcanzada cuando ambos planos conviven. Los pocos que consiguieron resistir, usaron el tiempo que tenían para ocultar los Evig que pudieron.

Mis planes eran visitar los puntos del mapa, pero viajando por Argentina, te descubrí a ti, vi como abrías Fortært hacia Los Jardines al dormir, y comencé a observarte, luego comencé a seguirte en tus sueños, te defendí de las pesadillas mientras fuiste niño, te vi crecer, luego, pasó lo de Escandinavia, descubriste un Fortært antiguo que había sobrevivido al Concilio, encontraste los huesos de Fafnir y Gram, la espada de Siegfried, luego fue el gran desastre. Pero nada de eso importa, debes saber que existen doce dagas... —Resande hizo una pausa.

¿Por qué dejaste de hablar? Ya sé que cerraste el Fortært y mi carrera se arruinó, pero no me importa, estoy aquí, todo esto vale más que la arqueología. ¿Y qué es eso de las dagas?

No somos los únicos en este lugar. —Dijo mirando a los demás comensales.
—Pero ellos no nos entienden, ¿O sí? —Pregunté un poco despreocupado. Pero en realidad, cuando Resande mencionaba las palabras “Evig”, “Fortært”, “Fafnir” o “Tumundo”, algunos se retiraron, y otros simplemente nos miraban horrorizados.

No entienden español, pero sí algunas palabras en nuestra conversación, las palabras adecuadas como para encerrarnos en un Fortært que no va a ningún lado. —Dijo Resande con tono de preocupación.


Luego de llamar a la adorable camarera de dorados ojos, intercambiar algunas confusas palabras, Resande le entregó lo que parecía ser dinero, unas pequeñas piedras rojas en forma de cubo.

En el momento en que estábamos a punto de atravesar la salida de aquel lugar, una mano me tomó por la espalda y me tiró al piso violentamente. Cuando vi quien había sido, resultó que era un enorme, peludo y grotesco ser que nos venía mirando feo desde que entramos al lugar. Había estado bebiendo una bebida

marrón, parecía barro de río.


¡VITTU! ¡EPAKOTE! ¡JEKVER UKSNING! —Dijo el agresor


No me hacía falta comprender su idioma para saber que me estaba insultando, ya que yo estaba en posición horizontal en el piso, sobre mi espalda, y él estaba sobre sus dos gruesos, enormes y apestosos pies, me encontraba en desventaja, bastante atemorizado y tembloroso. Más asustado y tembloroso estuve cuando vi que levantaba uno de sus pies con la clara intención de aplastar mi cabeza.


—¿Dónde está Resande? —Era lo único que oía de mis pensamientos. Mientras pensaba dónde estaba mi compañero, tuve tiempo de rodar hacia uno de los lados para evitar morir aplastado, me incorporé y le asesté un poderoso golpe en la cara a aquel maleducado ser, pero lejos de caer sobre su espalda, me devolvió el golpe, así que volé por los aires. Mientras estaba suspendido entre el techo y el piso de aquél lugar de piedra, pensando cuánto me iba a doler, fui atrapado por las manos más cálidas, suaves y brillantemente enceguecedoras que había conocido. Aquel ser de luz me dejó sobre mis pies nuevamente, y se precipitó contra aquella bestia horrenda, causando que la embestida lo empuje y estrelle contra una pared. Fue en ese momento cuando una nube oscura con dos brillos azules que parecían fuego se acercó a toda velocidad a aquel monstruo, se oyó un silbido perturbador y el monstruo salió expulsado por la ventana más cercana, llevándose consigo parte de la pared. El resplandor enceguecedor era la camarera en su forma de sol, y la nube oscura era Resande en su forma de elfo perturbador.


¿Estás bien Valittin? —Dijo mi tardío compañero.

, creo que sí. —Dije tratando de no hacer evidente frente a la joven mis lesiones, producto del golpe de aquél granuja.

Oh, qué alivio. —Dijo ella, que para mi sorpresa sí hablaba español.

¿Nos atacó por descubrirnos, Resande? —Pregunté nervioso.

Nada de eso, se enojó porque no saludaste al entrar. Nadie va a notar que eres humano, nadie aquí sabe cómo son los humanos. Piensan que eres del Palacio del Concilio. Preocúpate por eso cuando estemos cerca de la capital de Maailmamme

Hablas español ¿Tú también viviste en mi mundo? —Le pregunté a la joven.

No, pero conozco a Resande desde hace un tiempo, él me enseñó todo lo que sé sobre Tumundo. —Dijo ella con una sonrisa amistosa.

¿Cuál es tu nombre? Y ¿Cuánto es “hace un tiempo”? Porque Resande tiene muchos años, demasiados diría yo. —Dije intentando hacerla reír.

Me llamo Auri Tuli Palenko, pero Aurili está bien. —Dijo mientras reía, mi chiste sobre la edad de Resande había funcionado. —Conozco a Resande desde que nací, mi edad en equivalencia a los años humanos es de 20.

Auri, necesito hablar con tu hermano. —Dijo Resande seriamente.

No está, le asignaron cuidar un Fortært que al Rey del Sol Mayor se le ocurrió abrir desde su palacio hasta el palacio de su hermano. —Dijo ella con indignación. Volviéndose a su lado frío.


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