include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for A la conquista de un imperio by , available in its entirety at Smashwords


A la conquista de un Imperio

Emilio Salgari

ISBN: 9780463895481

Smashwords Inc



Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por reprografía, fotocopia, video, audio, o por cualquier otro medio sin el permiso previo por escrito otorgado por la editorial.



A la conquista de un Imperio

Milrod Yáñez

El secuestro de un ministro

En el antro de los tigres de Mompracem

La piedra de Salagram

El ataque de los tigres

En el Brahmaputra

El rajá del Assam

El tigre negro

El golpe de gracia de Yáñez

En la corte de rajá

El veneno del griego

Un duelo terrible

La desaparición de Surama

Sandokan acude al rescate

El ataque de la pagoda subterránea

Entre panteras y tienieblas

La confesión del faquir

El joven sudra

La liberación de Surama

La retirada por los tejados

Una caza emocionante

La prueba del agua

Las terribles revelaciones

La rendición de Yáñez

La retirada del tigre de Malasia

Entre fuego y plomo

La carga de los Jungki-Kudgia

Los montañeses de Sadhja

En el Brahmaputra

El asalto a Gauhati



Capítulo I

Milord Yáñez

La ceremonia religiosa que había hecho acudir a Gauhati –una de las ciudades más importantes del Assam indio– a millares, y millares de devotos seguidores de Visnú, llegados desde todos los pueblos bañados por las sagradas aguas del Brahmaputra, había terminado.

La preciosa piedra de salagram, que no era otra cosa que una caracola petrificada –del tipo de los cuernos de Ammón, de color negro–, pero que ocultaba en su interior un cabello de Visnú, el dios protector de la India, había sido llevada de nuevo a la pagoda de Karia y, probablemente, escondida ya en un lugar secreto conocido solamente por el rajá, sus ministros y el sumo sacerdote.

Las calles se vaciaban rápidamente: pueblo, soldados, bayaderas y tañedores se apresuraban a regresar a sus casas, a los cuarteles, a los templos o a las fondas para refocilarse después de tantas horas de marcha por la ciudad, siguiendo el gigantesco carro que llevaba el codiciado amuleto y, sobre todo, el divino cabello cuya posesión envidiaban todos los estados de la India al afortunado rajá de Assam.

Dos hombres, que destacaban por sus ropas, muy distintas a las que vestían los indios, bajaban lentamente por una de las calles centrales de la populosa ciudad, deteniéndose de vez en cuando para cambiar unas palabras, en particular cuando no tenían cerca hombres del pueblo ni soldados.

Uno era un hermoso tipo de europeo, sobre la cincuentena, con la barba canosa y espesa, la piel un poco bronceada, vestido de franela blanca y con un ancho fieltro en la cabeza, parecido al típico sombrero mejicano, con unas bellotitas de oro en torno a la cinta de seda.

El otro era un oriental, un extremo oriental a juzgar por el tono de su piel, que tenía unos vagos reflejos oliváceos; ojos muy negros, ardientes, barba aún negra y cabellos largos y rizados que le caían sobre los hombros.

En lugar del traje blanco, vestía éste una riquísima casaca de seda verde con alamares y botones de oro, calzones anchos de igual color y botas altas de piel amarilla con la punta levantada como las de los uzbekos; de la ancha faja de seda blanca le colgaba una magnífica cimitarra con la empuñadura incrustada de diamantes y rubíes, de inmenso valor.

Espléndidos tipos ambos, altos, vigorosos, capaces de hacer frente ellos solos a veinte indios.

–Y bien, Yáñez, ¿qué has decidido? –preguntó el hombre vestido de seda, deteniéndose por enésima vez–. Mis hombres se aburren; ya sabes que la paciencia no ha sido nunca el fuerte de los viejos tigres de Mompracem. Hace ya ocho días que estamos aquí, contemplando los templos de esta ciudad y la sucia corriente del Brahmaputra. No es así como se conquista un reino.

–Tú siempre tienes prisa –contestó el otro–. ¿No conseguirán los años calmar la sangre ardiente del Tigre de Malasia?

–Lo dudo –contestó el famoso pirata, sonriendo–. ¿Y a ti no te arrancarán tu eterna calma?

–Mi querido Sandokan, bien quisiera meterle mano hoy mismo al trono del rajá y arrancarle su corona para ponerla sobre la frente de mi hermosa Surama; pero la cosa no me parece demasiado fácil. Hasta que algún afortunado acontecimiento me permita acercarme al monarca, no podremos intentar nada.

–Ese acontecimiento se busca. ¿Se ha agotado tu imaginación?

–No creo, porque tengo una idea en la cabeza.

–¿Cuál?

–Si no damos un buen golpe, no conseguiremos jamás el favor del rajá, que detesta a los extranjeros.

–Estamos dispuestos a ayudarte. Somos treinta y cinco, con Sambigliong, y mañana llegarán también Tremal-Naik y Kammamuri. Me han telegrafiado hoy que dejaban Calcuta para reunirse con nosotros. Venga, pues, esa idea.

En lugar de contestar, Yáñez se detuvo frente a un edificio, cuyas ventanas estaban iluminadas con cestillos de alambre llenos de algodón empapado en aceite de coco, que ardían crepitando.

De la planta baja, que parecía servir de fonda, llegaba un ruido endiablado y a través de las ventanas se veían muchas personas que iban y venían, atareadas.

–Ya estamos –dijo Yáñez.

–¿Dónde?

–El primer ministro del rajá, su excelencia Kaksa Pharaum no dormirá muy fácilmente esta noche.

–¿Por qué?

–Por el ruido que hacen debajo de él. ¡Qué mala idea ha tenido de ir a vivir encima de una fonda! Puede costarle cara.

Sandokan le miró sorprendido.

–¿Tiene algo que ver esta fonda con tus planes? –preguntó.

–Luego verás. Igual que manejé a James Brooke, que no era un estúpido, voy a jugarle una mala pasada a su excelencia Kaksa Pharaum. ¿Tienes hambre, hermano?

–Una buena cena no me disgustaría.

–Te invito, pues, pero te la comerás tú solo.

–No entiendo nada.

–Desarrollo mi famosa idea. Por tanto, tú cenarás en otra mesa, y pase lo que pase no intervendrás en mis asuntos: sólo cuando hayas acabado de cenar irás a llamar a nuestros tigres y les harás pasear, como tranquilos ciudadanos que gozan del fresco nocturno, bajo las ventanas de su excelencia el primer ministro.

–¿Y si te ves en apuros?

–Llevo debajo de la faja dos buenas pistolas de dos tiros cada una y en un bolsillo mi fiel kris. Mira, escucha, come y finge ser ciego y mudo.

Dicho esto, dejó a Sandokan, atónito ante aquellas oscuras palabras, y entró resueltamente en la fonda, con una gravedad tan cómica que en otra ocasión hubiera hecho estallar de risa a su compañero, aunque su carácter no había sido nunca muy alegre.

La fonda no estaba tan frecuentada como Yáñez había creído.

Se componía de tres salitas amuebladas sin lujo, con muchas mesas y muchos bancos y gran número de servidores que corrían como locos, llevando jarras de vino de palma y de arac y grandes fuentes de arroz y de pescados del Brahmaputra, fritos en aceite de coco y mezclados con hierbas aromáticas.

Sentados ante las mesas no habría más de media docena de indios, pero pertenecientes a las castas elevadas, a juzgar por la riqueza de sus ropas; la mayor parte eran kaltanos y rajputs llegados de las altas montañas del Dalk y del Lando para pedir alguna gracia a la preciosa caracola petrificada que ocultaba en su interior el cabello de Visnú.

La repentina entrada de aquel europeo pareció causar un pésimo efecto a los indios, porque cesaron las conversaciones de inmediato y la alegría producida por las abundantes libaciones de vino y arac se esfumó de golpe.

El portugués, a quien no se le escapaba detalle, atravesó las dos primeras salas y, entrando en la última, fue a sentarse a una mesa ocupada por cuatro barbudos kaltanos, que llevaban en sus anchas fajas un verdadero arsenal entre pistolas, puñales y tarwar, curvados y afiladísimos.

Yáñez les miró de frente, sin dignarse saludar, y se sentó tranquilamente ante ellos, gritando con voz estentórea y en un inglés detestable:

–¡Comida! ¡Milord tener mucha hambre!

Los cuatro kaltanos, a los que no debía agradar mucho la compañía de aquel extranjero, cogieron sus escudillas aún medio llenas de curry, se levantaron y cambiaron de mesa.

–Magnífico –murmuró el portugués–. Dentro de poco os haré reír o llorar.

En aquel momento pasaba un mozo de la fonda, llevando una fuente llena de pescado, destinada a otras personas.

Yáñez se levantó rápido, le cogió por una oreja y le obligó a detenerse. Luego le gritó a la cara.

–Milord tener mucha hambre. ¡Poner eso ahí, bribón! Ser segunda vez que milord grita.

–¡Sahib! –exclamó confuso, y un tanto irritado, el indio–. Este pescado no es para ti.

–Llamar a mí milord, bribón –gritó Yáñez, fingiéndose irritado–.

Yo ser gran inglés. ¡Pon aquí fuente! Buen perfume.

–Imposible, milord. No es para ti.

–Yo pagar y querer comer.

–Un momento sólo y te sirvo.

–Contar momentos en mi reloj, luego cortar a ti una oreja.

Se sacó de un bolsillo un magnífico cronómetro de oro, lo puso sobre la mesa, y se quedó mirando las agujas.

En aquel momento entró Sandokan, que se sentó a una mesa cerca de una ventana, que no estaba ocupada.

Como llevaba vestido oriental y tenía la piel bronceada, nadie hizo mucho caso de él. Podía pasar por un rico hindú del Lahore y de Agrar, llegado para asistir a la célebre ceremonia religiosa.

Apenas se sentó el famoso pirata malayo, tres o cuatro sirvientes le rodearon, preguntándole qué deseaba cenar.

–¡Por Júpiter! –murmuró Yáñez, encolerizado, tirando el cigarrillo que acababa de encender–. Ha entrado después que yo y todos corren a servirle. Un europeo no podrá hacer nada bueno en este país, a menos de que sea un pillo de cuidado. Pero ya veréis cómo las gasta milord... Moreland. ¡Eso es! Tomaré el nombre del hijo de Suyodhana: suena bien. –Luego añadió en voz alta: –¡Vaya! ¡Si aquí haber bebida!

Una jarra, pedida sin duda por los cuatro kaltanos que ocupaban antes la mesa, estaba en medio de ésta, con un vaso al lado.

Yáñez, sin preocuparse de sus propietarios, la cogió y se la acercó a los labios, dando un largo sorbo.

–Verdadero arac –dijo luego–. ¡Exquisito a fe mía!

Iba a probarlo otra vez, cuando uno de los cuatro kaltanos barbudos se acercó a la mesa, diciéndole: –Excusa, sahib, pero esa jarra nos pertenece. Tú has apoyado en ella tus labios impuros y pagarás el contenido.

Llamar a mí milord ante todo –dijo Yáñez, tranquilamente.

–Sea, con tal de que tú pagues el licor que yo he pedido para mí

–contestó el kaltano con acento seco.

–Milord no pagar por nadie. Encontrar jarra en mi mesa y yo beber hasta que no tener más sed. Dejar tranquilo a milord.

–Aquí no estás en Calcuta ni en Bengala.

–A milord no importar nada. Yo ser grande y rico inglés.

–Razón de más para pagar lo que no te pertenece.

–Vete al diablo.

Luego, viendo pasar a otro mezo que llevaba un plato lleno de fruta cocida, lo cogió por el cuello, gritándole:

–¡Aquí! Poner aquí, delante de milord. Poner o milord estrangular.

–¡Sahib!

Yáñez, sin esperar más, le arrebató el plato, se lo puso delante y tras dar un empujón al mozo, mandándole a dar de narices contra una mesa vecina, se puso a comer, mascullando:

–Milord tener mucha hambre. ¡Indios bribones! Mandar yo aquí cipayos y cañones y ¡bum sobre todos vosotros!

Ante aquel acto de violencia, realizado por un extranjero, un murmullo amenazador brotó de los labios es los indios que cenaban en la fonda.

Los cuatro kaltanos se pusieron en pie, apoyando las manos en sus pistolones y mirándole ferozmente.

Sólo Sandokan reía silenciosamente, mientras Yáñez, siempre imperturbable, devoraba concienzudamente la fruta cocida, regándola de vez en cuando con el arac que no había pagado, ni tenía intención de pagar.

Cuando hubo terminado, agarró casi al vuelo a un tercer mozo, arrebatándole de las manos una fuente repleta de pescado, condimentado con un magnífico curry.

–¡Todo esto para milord! –gritó–. Vosotros no servir y yo coger.

Esta vez un rugido de indignación se alzó en la sala.

Todos los indios que ocupaban las mesas se habían puesto en pie, como un solo hombre, irritados por aquellos continuos abusos.

–¡Fuera el inglés! ¡Fuera! –gritaron con voz amenazadora.

Un rajput de aspecto canallesco, más atrevido que los demás, se adelantó hasta la mesa ocupada por el portugués y le señaló la puerta, diciéndole:

–¡Márchate! Basta.

Yáñez, que ya estaba atacando el pescado, levantó los ojos hacia el indio, preguntándole con perfecta calma.

–¿Quién?

–¡Tú!

–¿Yo, milord?

–Milord o sahib, ¡márchate! –repitió el rajput.

–Milord no haber terminado todavía cena. Tener mucha hambre aún, querido indio.

–Vete a comer a Calcuta.

–Milord no tener ganas de moverse. Encontrar aquí cosas muy buenas, y yo milord comer aún mucho; luego todo pagar.

–¡Échale! –rugieron los kaltanos, furibundos.

El rajput alargó una mano para coger a Yáñez; pero éste le arrojó a la cara el pescado que estaba comiendo, cegándole con la salsa pimentada que lo bañaba.

Ante aquel nuevo gesto de arrogancia, que parecía un desafío, los cuatro kaltanos, cuyo arac se había bebido Yáñez, se abalanzaron contra la mesa, aullando como endemoniados.

Sandokan se puso también en pie, metiendo las manos dentro de la faja, pero una mirada rápida de Yáñez le detuve.

El portugués era, por otra parte, hombre capaz de arreglárselas sin la ayuda de su terrible compañero.

Ante todo, arrojó sobre los kaltanos la fuente llena de curry; luego, cogiendo un escabel de bambú, lo levantó y lo hizo voltear amenazadoramente ante los rostros de sus adversarios.

El gesto fulminante, la estatura del hombre y, más que nada, esa cierta fascinación que ejercen siempre los hombres blancos sobre los de color, habían detenido el impulso de los kaltanos y de todos los demás hindúes, que iban a defender a sus compañeros.

–¡Salir o milord inglés matará a todos! –gritó el portugués.

Luego, viendo que sus adversarios permanecían allí, inmóviles, indecisos, dejó caer el asiento, sacó dos magníficas pistolas de doble cañón, con arabescos y montadas en plata y madreperla, y, sin más, las apuntó contra ellos, repitiendo:

–¡Salir todos!

Sandokan fue el primero en obedecer. Los demás, presa de un repentino pánico –y también para evitar a su gobierno, ya no muy bien visto por el virrey de Bengala, graves complicaciones–, no tardaron en batirse en retirada, aunque todos ellos poseían armas.

El propietario de la fonda, al oír todo aquel alboroto, acudió a toda prisa, empuñando una especie de espetón.

–¿Quién eres tú que te permites turbar los sueños de su excelencia el ministro Kaksa Pharaum, que vive encima, y que haces huir a mis parroquianos?

–Milord –contestó Yáñez, con toda tranquilidad.

–Lord o campesino te invito a salir.

–Yo no haber acabado aún mi cena. Tus boys no servira mí yyo coger a ellos los platos. Yo pagar y tener por eso derecho a comer.

–Ve a terminar tu cena en otro sitio. Yo no sirvo a los ingleses.

–Y yo no dejar tu fonda.

–Haré llamar a la guardia de su excelencia el ministro, y te haré detener.

–Un inglés nunca tener miedo de los guardias.

–¿Sales? –rugió furioso el fondista.

–No.

El indio hizo gesto de levantar el espetón, pero en seguida retrocedió hasta el umbral de la puerta. Yáñez, empuñando de nuevo las pistolas, que había dejado sobre la mesa, le apuntaba al pecho, diciéndole fríamente:

–Si tú dar un solo paso, yo hacer ¡bum! y matarte.

El fondista cerró con estrépito la puerta, mientras los kaltanos y los rajputs que habían acudido también desde las otras dos salas, gritaban: –¡No le dejemos escapar! ¡Es un loco! ¡Los guardias! ¡Los guardias!

Yáñez había estallado en una risotada.

–¡Por Júpiter! –exclamó–. Así es como se puede conseguir una cena gratis en casa de un altísimo personaje de Assam. Porque me la ofrecerá, no lo dudo. ¿Y Sandokan? ¡Se haido! Estupendo, ahora podemos reemprender la cena.

Tranquilo e impasible, como un verdadero inglés, se sentó de nuevo ante otra mesa sobre la que había otra sopera de curry, y comió algunas cucharadas.

Pero no había llegado a la tercera, cuando la puerta se abrió con estruendo y seis soldados con inmensos turbantes, anchas casacas flamantes, calzones muy amplios y babuchas de piel roja, entraron apuntando hacia el portugués sus carabinas.

Eran seis buenos mozos, altos como granaderos, y barbudos como bandidos de las montadas.

–Ríndase –dijo uno de ellos, que llevaba en el turbante una pluma de buitre.

–¿A quién? –preguntó Yáñez, sin dejar de comer.

–Somos guardias del primer ministro del rajá.

–¿Dónde conducir a mí, milord?

–Ante su excelencia.

–Yo no tener miedo de su excelencia.

Se puso en el cinto las pistolas, se levantó con flema, dejó sobre la mesa un puñadito de rupias para el tabernero y avanzó hacia los guardias, diciendo:

–Yo dignarme su excelencia ver a mí, gran inglés.

–Entregue las armas, milord.

–Yo no dar nunca mis pistolas: ser regalo de graciosísima reina Victoria, mi amiga, porque yo ser gran milord inglés. Yo prometer no hacer daño a ministro.

Los seis guardias se interrogaron con la mirada, no sabiendo si debían forzar a aquel hombre original a entregar las pistolas; pero después, temiendo cometer un gran disparate, por tratarse de un inglés, le invitaron sin más a seguirles hasta la presencia del ministro.

En la sala vecina se habían reunido todos los parroquianos, dispuestos a auxiliar a los guardias del ministro.

Al verle aparecer, le acogieron con una salva de imprecaciones.

–¡Hacedlo ahorcar!

–¡Es un ladrón!

–¡Es un canalla!

–¡Es un espía!

Yáñez miró intrépidamente a aquellos energúmenos, que se hacían los valientes porque le veían entre seis carabinas, y contestó a sus invectivas con una ruidosa carcajada.

Al salir de la fonda, los guardias entraren en un portal vecino, haciendo subir al prisionero una escalinata de mármol, iluminada por un farol de metal dorado, en forma de cúpula.

–¿Aquí habitar ministro? –preguntó Yáñez.

–Sí, milord –contestó uno de los seis.

–Yo tener prisa cenar con él.

Los guardias le miraron con estupor, pero no osaron decir nada.

Llegados al rellano, le introdujeron en una bellísima sala, decorada con elegancia, con muchos divancitos de seda floreada, grandes cortinas de percal azul y graciosos muebles, ligerísimos e incrustados de marfil y madreperla.

Uno de los seis indios se acercó a una placa de bronce colgada sobre una puerta y la golpeó repetidamente con un martillo de madera.

Aún no se había extinguido el sonido, cuando se alzó la cortina y apareció un hombre, que fijó sus ojos en Yáñez, más con curiosidad que con enojo.

–Su excelencia el primer ministro Kaksa Pharaum –dijo uno de los soldados.

–¿Así que no ha podido cenar, milord?

–Sólo pocos bocados. Yo tener aún mucha hambre, grandísima hambre. Yo escribir esta noche a virrey de Bengala no poder cumplir mi difícil misión porque assameses no dar milord de comer.

–¿Qué misión?

–Yo ser grande cazador tigres y ser aquí venido para destruir todas malas bestias que comen hindú.

–¿De forma que milord ha venido para prestarnos un valioso servicio? Nuestros súbditos han cometido un error al tratarle mal, pero yo lo remediaré todo. Sígame, señor.

Hizo gesto a los guardias de que se retiraran, levantó la cortina e introdujo a Yáñez en un gracioso gabinete, iluminado por un globo de vidrio opalino, suspendido sobre una mesa ricamente servida, con platos y cubiertos de oro y de plata, llenos de manjares exquisitos.

–Iba a cenar –dijo el ministro–. Le ofrezco que me acompañe, milord; así le compensaré de la mala educación y malevolencia del fondista.

–Yo dar gracias excelencia y escribir a mi amigo virrey de Bengala tu gentil acogida.

–Se lo agradeceré.

Se sentaron y empezaron a comer con envidiable apetito, especialmente por parte de Yáñez, intercambiando de vez en cuando algún cumplido.

El ministro llevó su cortesía hasta hacer servir a su invitado -una vieja cerveza inglesa, que –aunque era muy ácida– Yáñez se guardó muy bien de dejar de beber.

Cuando hubieron terminado, el portugués se recostó en una cómoda butaca y, fijando los ojos en el ministro, le dijo a quemarropa y en perfecta lengua hindú:

–Excelencia, vengo de parte del virrey de Bengala para tratar con usted un grave asunto diplomático.

Kaksa Pharaum se sobresaltó.

–¡Echad al inglés por la ventana!

–Le ruego que me excuse por haber recurrido a un medio... un poco extraño para acercarme a usted y...

–Entonces no es usted británico...

–Sí, un auténtico lord inglés, primer secretario y embajador secreto de su excelencia el virrey –contestó Yáñez imperturbable–. Mañana le mostraré mis credenciales.

–Podía usted haberme pedido una audiencia, milord. No se la habría negado.

–El rajá no hubiera tardado en ser informado, y yo, por ahora, deseo hablar solamente con usted.

–¿Acaso el gobierno de las Indias tiene alguna idea sobre el Assam? –preguntó Pharaum, asustado.

–Ninguna en absoluto, tranquilícese. Nadie piensa amenazar la independencia de este estado. No tenemos que hacer ningúnreproche a Assam ni a su príncipe. Pero lo que debo decirle no debe oírlo nadie, de forma que sería mejor, para mayor seguridad, que mandara a la cama a los sirvientes.

–No les disgustará, al contrario –dijo el ministro, esforzándose por sonreír.

Se levantó y golpeó el gong que colgaba de la pared, detrás de su silla. Casi inmediatamente entró un criado.

–Que se apaguen todas las luces, menos las de mi alcoba, y que todos se acuesten –dijo el ministro en un tono que no admitía réplica–. No quiero que esta noche se me moleste por ningún motivo. Tengo trabajo.

El sirviente se inclinó y desapareció.

Kaksa Pharaum esperó a que se apagara el rumor de sus pasos, y, volviendo a sentarse, dijo a Yáñez:

–Ahora, milord, puede hablar libremente. Dentro de unos minutos toda mi gente estará roncando.




Capítulo II

El secuestro de un ministro

Yáñez vació un gran vaso de aquella pésima cerveza, sin poder evitar una mueca, luego sacó de una bellísima petaca de concha con iniciales en brillantes dos gruesos cigarros de Manila y ofreció uno al ministro, diciéndole con una sonrisa bonachona:

–Acepte este cigarro, excelencia. Me han dicho que es usted fumador, cosa más bien rara entre los indios, que prefieren ese detestable betel que estropea los dientes y la boca. Estoy seguro de que nunca ha fumado un cigarro tan delicioso como éste.

–Me acostumbré a fumar en Calcuta, donde estuve algún tiempo en calidad de embajador extraordinario de mi rey –dijo el ministro, cogiendo el cigarro.

Yáñez le tendió un fósforo, encendió también su cigarro, echó al aire tres o cuatro bocanadas de humo oloroso, que por un instante velaron la luz de la lámpara y luego siguió, mirando con cierta malicia al ministro, que saboreaba como buen aficionado el delicioso aroma del tabaco filipino:

–He sido enviado aquí, como le dije, por el virrey de Bengala para obtener de usted información sobre las revueltas que están ocurriendo en la Alta Birmania. Como ustedes lindan con ese turbulento reino, que siempre nos ha dado serias preocupaciones, es seguro que están al corriente de lo que allí sucede. Le advierto ante todo, excelencia, que el gobierno de la India no sólo le quedará agradecidísimo, sino que le recompensará espléndidamente.

Al oír hablar de recompensas, el ministro –venal como todos sus compatriotas– abrió los ojos de par en par y soltó una risita de satisfacción.

–Sabemos más de lo que puede usted suponer –dijo luego–. Es cierto: en la Alta Birmania ha estallado una violentísima insurrección promovida, según parece, por un emprendedor talapón, que ha abandonado la túnica amarilla de los monjes para empuñar la cimitarra.

–¿Y contra quién?

–Contra el rey Phibau y, sobre todo, contra la reina Su-payah-Lat que, el mes pasado, hizo estrangular a dos jóvenes esposas del monarca, una de las cuales había sido escogida entre las princesas de la Alta Birmania.

–¡Qué historia tan enrevesada!

–Se la explicaré mejor, milord –dijo el ministro, entornando los ojos–. Según las leyes birmanas, el rey puede tener cuatro esposas, pero su sucesor está obligado a casarse con su propia hermana o, por lo menos, con una princesa de la familia, al objeto de que se conserve pura la sangre real. Cuando Phibau, que es el monarca actual, subió al trono, había en su familia dos hermanas dignas de compartir el trono. El rey sentía mayor inclinación por la mayor; pero a la más joven, a la princesa Su-payah-Lat, se le había metido en la cabeza ser también reina, de forma que empezó a manifestar en todas partes el más ardiente afecto hacia el soberano y llegó a inducir a la reina madre a decidir, con su profunda sabiduría, que aquel amor merecía recompensa y que el hijo debía casarse con ambas. Pero el proyecto se desbaratado por la mayor de las hermanas, la princesa Ta-bin-deing, que prefirió entrar en un monasterio budista. ¿Me sigue usted?

–Hasta aquí, perfectamente –contestó Yáñez, que encontraba muy escaso interés en aquella historia–. ¿Y después, excelencia?

–Phibau entonces se casó con Su-payah-Lat y con otras dos princesas, una de las cuales pertenecía a una noble familia de la Alta Birmania.

–¿Y la primera hizo estrangular a estas dos por despecho?

–Sí, milord.

–¿Y qué ha sucedido, después? ¿Otro estrangulamiento, ordenado por el rey esta vez?

–En absoluto, milord. Su-payah-pa... pa...

–Adelante, excelencia –dijo Yáñez, mirándole con malignidad.

–¿Dónde me he quedado...? –preguntó el ministro, que parecía hacer esfuerzos supremos para mantener abiertos los ojos.

–En el tercer estrangulamiento.

–¡Ah, sí! Su-payah-pa... pa... pa... ¿está claro?

–Clarísimo. Lo he entendido todo.

–Pa... pa... un hijo... los astrólogos de corte... ¿me comprende bien, milord?

–Perfectamente.

–Luego estranguló a las dos reinas.

–Lo sé.

–Y Su... pa...


–Me parece que ese pa... pa... se vuelve terrible para su lengua. ¡Por Júpiter! ¿Habrá bebido demasiado esta noche?

El ministro, que por vigésima vez había cerrado y vuelto a abrir los ojos, miró a Yáñez como en sueños, luego dejó caer de entre sus labios el cigarro y, de golpe, se reclinó primero sobre el respaldo de la silla y-después rodó por el suelo, como si le hubiese dado un síncope.

–¡Menudo cigarro! –exclamó Yáñez, riendo–. El opio debía ser de primera calidad. Y ahora manos a la obra, puesto que todos duermen. Conque pensabas que mi imaginación se había agotado, ¿eh, Sandokan? Ya verás.

Ante todo, recogió el cigarro, que el ministro había dejado caer, y se acercó a la ventana abierta.

Aunque ya no brillaba ninguna luz –los indios sen muy parcos en cuestiones de iluminación, en parte porque las noches allí son claras y el cielo casi siempre purísimo–,descubrió en seguida a varias personas que paseaban lentamente, en grupos de tres o cuatro, como honestos ciudadanos que aprovechan un poco de fresco, fumando y charlando.

–Sandokan y los tigres –murmuró Yáñez, frotándose las manos–. Todo marcha perfectamente.

Tiró fuera la colilla del cigarro del ministro, se acercó dos dedos a los labios y emitió un silbido suavemente modulado.

Al oírlo, los paseantes se detuvieron de golpe; luego, mientras unos se dirigían a los dos extremos de la calle, para impedir que se acercara alguien, un grupo se detuvo bajo la ventana iluminada.

–Preparados –dijo una voz.

–Espera un momento –contestó Yáñez.

Arrancó los cordones de seda de la cortina, los unió, comprobó su solidez, luego aseguró un extremo al picaporte de una puerta y el otro extremo lo pasó bajo los brazos deldesgraciado ministro, que mantenía una inmovilidad absoluta.

–Pesa bien poco su excelencia –dijo Yáñez, tomándolo en brazos.

Le llevó hacia la ventaría y, sujetando con fuerza el cordón, empezó a bajarlo.

Diez brazos se apresuraron a cogerlo, apenas tocó el suelo.

–Ahora, esperadme a mí –murmuró Yáñez.

Apagó la lámpara, se asió a la cuerda y en un momento se encontró en la calle.

–Eres un verdadero demonio –le dijo Sandokan–. Espero que no le hayas matado.

–Mañana estará tan bien como nosotros –contestó Yáñez, sonriendo.

–¿Qué le has hecho beber a este hombre? Parece muerto.

–¡Este hombre! Un poco más de respeto con las autoridades, hermanito. Es el primer ministro del rajá.

–¡Diantre! Tú siempre das buenos golpes.

–Vámonos aprisa, Sandokan. Puede llegar la guardia nocturna. ¿Tienes algún vehículo?

–Hay un tciopaya esperando en la esquina de la calle.

–Vamos hacia allá, sin pérdida de tiempo.

Con un silbido semejante al que había emitido poco antes Yáñez, el pirata malayo hizo regresar a los hombres que vigilaban en el extremo de la calle y todos juntos se dirigieron a un gran carro, con la caja pintada de azul, que sostenía una especie de pequeña cúpula formada con ramas, bajo la que había dos colchones.

Era uno de esos cómodos vehículos que usan los indios cuando emprenden un largo viaje, y que se llaman tciopaya; en ellos, resguardados del sol, pueden comer, fumar y dormir, ya que la caja está dividida en dos partes: una que sirve de salita y otra de dormitorio.

Cuatro pares de blanquísimos cebúes, de gibas vacilantes y dorsos cubiertos de gualdrapas de tela roja, estaban uncidos al macizo vehículo.

Depositaron al ministro sobre uno de los colchones, Yáñez y Sandokan se sentaron cerca de él y, mientras sus compañeros se dispersaban para no levantar sospechas, el carro se puso en marcha, conducido por un malayo vestido de indio, que llevaba en la mano una antorcha para iluminar la calle.

–A casa directos –dijo Sandokan al cochero.

Luego, dirigiéndose a Yáñez, que estaba encendiendo un cigarro, le preguntó:

–¿Vas a hablar de una vez? No consigo entender qué idea se te ha metido en la cabeza. Creía que te mataban allá dentro.

–¡A un blanco y lord! Nunca se hubieran atrevido –contestó Yáñez, aspirando lentamente el humo y volviéndolo a echar con la misma lentitud.

–Sin embargo, has jugado una partida que podía costarte cara.

–Alguna vez hay que divertirse.

–En resumen, ¿qué quieres hacer con esta momia?

–Ya te he dicho que es una autoridad.

–Que nunca hará un buen papel en la corte del rajá.

–Yo sí que lo haré.

–¿Quieres introducirte en la corte de ese receloso tirano? Hace ocho días que nos repiten que no quiere ver a ningún europeo.

–Y yo te digo que me acogerá con grandes honores. Espera a que tenga en mis manos la piedra de salagram y el famosa cabello de Visnú, y verás cómo me recibe.

–¿Quién?

–El rajá –contestó Yáñez–. ¿Crees que voy a contentarme con contemplar el hermoso país de mi Surama, sin intentar devolverle su corona?

–Ésa era nuestra idea –dijo Sandokan–. Tampoco yo habría dejado Borneo para venir a pasearme por las calles de Gauhati. Pero no consigo entender qué tienen que ver el secuestro de un ministro, el cabello de Visnú y la piedra de salagram con la conquista de un reino.

–Vasos a ver, ¿sabes dónde esconden la piedra los sacerdotes?

–Yo no.

–Tampoco yo, aunque en estos días he interrogado a no sé cuántos indios.

–¿Y quién re lo dirá? :

–El ministro –contestó Yáñez.

Sandokan miró al portugués con verdadera admiración.

–¡Ah, qué diablo de hombre! –exclamó–. Serías capaz de enredar a Brahma, Siva y Visnú juntos. –Tal vez –admitió Yáñez, riendo–. Pero en la corte del rajá encontraremos un obstáculo que será duro de pelar.

–¿Qué obstáculo?

–Un hombre.

–Si has secuestrado a un ministro, podrás hacer desaparecer a ése también.

–Se dice que goza de gran influencia en la corte, y que es él quien hace lo imposible para impedir que pongan los pies en ella los extranjeros de raza blanca.

–¿Quién es?

–Un europeo, según me han dicho.

–Algún inglés.

–No he podido saberlo. También nos lo dirá el ministro.

Una brusca parada, que por poco les hizo perder el equilibrio, interrumpió su conversación.

–Hemos llegado, jefe –dijo el conductor del carruaje.

Diez o doce hombres, los mismos que les habían ayudado a secuestrar al ministro, habían salido por una puerta, alineándose silenciosamente a los dos lados del vehículo.

–¿Os ha seguido alguien? –les preguntó Sandokan, saltando a tierra.

–No, jefe –contestaron todos a una.

–¿Nada nuevo en la pagoda?

–Calma absoluta.

–Coged al ministro y llevadlo al subterráneo de Quiscina.

El carruaje se había detenido ante una gigantesca fortaleza apoyada en parte en el Brahmaputra y que se alzaba en un lugar completamente desierto, no habiendo en torno suyo más que las antiquísimas murallas semiderruidas –que en otro tiempo debían de haber servido de protección a la ciudad– y colosales montones de escombros.

En la testera, sobre una puerta de bronce, se descubrían confusamente unas divinidades indias, de piedra negra, alineadas en una especie de cornisa sujeta por una infinidad de cabezas de elefante, excavadas en la roca y que tenían las trompas enrolladas.

Debía de tratarse de alguna pagoda subterránea, como hay tantas en la India, porque en lo alto no se veía ninguna clase de cúpula, ni semicircular ni piramidal.

Habían salido otros hombres, portadores de antorchas, que se unieron a los primeros. En apariencia, todas aquellas personas –aunque vestían los trajes del país– pertenecían a dos razas muy diversas que no tenían nada, o muy poco, de indio.

En efecto, mientras algunos eran bajos v más bien robustos, de piel oscura con reflejos oliváceos y un matiz rojo oscuro, y de ojos pequeños y muy negros, los otros eran más bien altos, de color amarillento, de facciones bellísimas, casi occidentales, y ojos grandes, de expresión muy inteligente.

Un hombre que hubiera tenido un conocimiento profundo de la región malaya, no hubiera vacilado en clasificar a los primeros como malayos auténticos y a los otros como dayaks de Borneo, dos razas que eran equivalentes en ferocidad, audacia y valor indómito.

–Coged a este hombre –les dijo Yáñez, al bajar del carruaje, mostrando al ministro dormido.

Un malayo, con el rostro rugoso, pero de cabello aún muy negro v formas casi atléticas, tomó entre sus fuertes brazos a Kaksa Pharaum y lo introdujo en la pagoda.

–Lleva el carro a su escondite –prosiguió Yáñez, dirigiéndose al conductor–. Que cuatro hombres se queden de guardia aquí fuera. Pueden habernos seguido.

Cogió del brazo a Sandokan, dio unas chupadas a su cigarro y franquearon los dos el umbral, internándose en un angosto corredor– lleno de cascotes desprendidos de la húmeda bóveda– que parecía adentrarse en las vísceras de la colosal fortaleza.

Tras recorrer cincuenta o sesenta metros, precedidos por los portadores de antorchas y seguidos por los demás, llegaron a una inmensa sala subterránea, excavada en la roca viva, de forma circular, en cuyo centro se alzaban –sobre una piedra rectangular de enormes dimensiones– las tres diosas: Parvati, Latscimi y Sarassuadi. La primera protectora de las armas, como diosa de la destrucción; la segunda, de los vehículos, barcos y animales, como diosa de la riqueza; la tercera, de los libros e instrumentos musicales, como diosa de las lenguas y de la armonía.

–Deteneos aquí –dijo Yáñez a los que le acompañaban–. Tened dispuestas las carabinas: no se sabe nunca lo que puede suceder.

Cogió una antorcha y, siempre seguido por Sandokan, entró en un segundo corredor, un poco más estrecho que el primero, y lo recorrió hasta llegar a una estancia –también subterránea–, amueblada suntuosamente e iluminada por una preciosa lámpara dorada que sostenía un globo de vidrio amarillento.

Las paredes y el pavimento estaban cubiertos por tupidos tapices del Gujerat, resplandecientes de oro, que representaban en general extrañas fieras –sólo existentes en la ardiente fantasía de los hindúes– y alrededor había cómodos y amplios divanes tapizados de seda y mesitas de metal que sostenían frascos dorados y copas.

En medio, una mesa con incrustaciones de nácar y de escamas de tortuga que formaban hermosos dibujos, y en torno varias sillas de bambú.

Sólo una parte de la pared quedaba al descubierto, y en ella estaba incrustada, en un vasto nicho, la imagen de un pastor de rostro negro: era Quiscina, el destructor de los reyes malvados y crueles, que causaban la infelicidad del pueblo indio.

Sobre uno de aquellos divanes habían depositado al ministro, que roncaba beatíficamente, como si se encontrara en su propia cama.

–Ya es hora de despertarle –dijo Yáñez, tirando el cigarro y tomando de una repisa un frasco de cuello larguísimo, cuyo vidrio rojo estaba encerrado en una especie de red de metal dorado–. Nosotros tenemos práctica de venenos y de antídotos, ¿no es cierto, Sandokan?

–No en balde hemos estado tantos años en el reino del upas –contestó el pirata–. ¿Le has hecho fumar opio?

–Bien escondido bajo la hoja del cigarro –contestó Yáñez–. Lo había cubierto de forma que podía desafiar al ojo más receloso.

–Dos gotas de ese líquido en un vaso de agua bastarán para que se ponga en pie. Su cerebro no tardará mucho en despejarse.

–Veamos –dijo el portugués. Llenó un vaso de agua, de una botella de cristal que estaba sobre la mesa, v dejó caer en él dos gotas de un líquido rojizo.

Se formó espuma y el agua tomó un tinte sangriento; luego, poco a poco, recuperó su limpidez.

–Ábrele la boca, Sandokan –dijo entonces el portugués.

El pirata se acercó al ministro con un puñal en la mano y, con la punta de éste, le forzó a abrir los dientes, que tenía apretados.

–Pronto –dijo Sandokan.

Yáñez vertió en la boca de Kaksa Pharaum el contenido del vaso.

–Dentro de cinco minutos –dijo el Tigre de Malasia.

–Entonces puedes encender tu pipa.

–Creo que es lo mejor.

El pirata cogió de una repisa una espléndida pipa adornada de perlas a lo largo del cañón, la llenó de tabaco, la encendió y se tendió sobre uno de los divanes, poniéndose a fumar con estudiada lentitud.

Yáñez, inclinado sobre el ministro, lo miraba atentamente. La respiración del indio, poco antes ansiosa, se volvía regular y sus párpados tenían de vez en cuando una especie de temblor, como si hicieran esfuerzos por levantarse.

También brazos y piernas perdían su rigidez: los músculos, bajo la misteriosa influencia de aquel líquido, se relajaban.

De repente, un suspiro más largo escapó de los labios del ministro; luego, casi en seguida, se abrieron sus ojos, fijándose en Yáñez.

–Le gusta demasiado el reposo, excelencia –dijo éste, irónicamente–. ¿Cómo hacen sus criados para despertarle? Le he hecho hacer un viaje de más de una hora y no ha dejado de roncar ni un momento. No sirve demasiado bien a su señor.

–Por... ¡milord! –exclamó el ministro, levantándose y lanzando en tomo una mirada maravillada.

–Sí, yo mismo

–Pero... ¿dónde estoy?

–En mi casa.

El ministro permaneció un momento silencioso, girando los ojos en torno suyo, luego exclamó:

–¡Por Siva! Nunca había visto este salón.

–¡Lo creo! –admitió Yáñez, con su habitual flema burlona–. Nunca se ha dignado visitar mi palacio.

–¿Y quién es ese hombre? –preguntó Pharaum, indicando a Sandokan que seguía fumando plácidamente, como si al asunto no tuviera nada que ver con él.

–¡Ah! Ése, excelencia, es un hombre terrible, llamado por su ferocidad el Tigre de Malasia. Es un gran príncipe y un gran guerrero.

Pharaum no pudo evitar un estremecimiento.

–Pero no tanga miedo de él –dijo Yáñez, que se dio cuenta del espanto del ministro–. Cuando fuma es más dulce que un niño.

–¿Y qué hace en su casa?

–Viene algunas veces, a hacerme compañía.

–Se burla usted de mí –gritó Kaksa, furibundo–. ¡Basta! ¡Ya hemos bromeado bastante! ¿Se ha olvidado de que yo soy tan poderoso como el rajá del Assam? Va a pagar cara esta burla. Dígame dónde estoy y por qué me encuentro aquí en lugar de hallarme en mi palacio, o de lo contrario...

–Puede gritar todo lo que quiera, excelencia, nadie le oirá. Estamos en un subterráneo que no trasmite ningún ruido al exterior. Por otra parte, tranquilícese: no quiero hacerle ningún daño si no se obstina en callar.

–¿Qué quiere de mí? Hable, milord.

–Deje primero que le diga, excelencia, que toda resistencia por su parte sería absolutamente inútil, porque a diez pasos de nosotros hay treinta hombres a los que ni unregimiento entero de cipayos sería capaz de detener. Acomódese y escuche con paciencia una página de la historia de su país.

–¿Y me la va a contar usted?

–Sí, excelencia.

Le empujó suavemente hacia una silla, obligándole a sentarse, cogió unos vasos de cristal finísimo y un frasco, llenó aquéllos de un licor de color de oro viejo, luego abrió la petaca y la ofreció al prisionero.

Al ver los gruesos cigarros de Manila, Kaksa hizo un gesto de terror.

–Puede escoger sin miedo –dijo Yáñez–. Éstos no contienen ni una partícula de opio. Y si tiene algún recelo, tome un cigarrillo si quiere.

El ministro rechazó el ofrecimiento con un gesto feroz.

–Entonces, pruebe este licor –continuó Yáñez–. Fíjese en que yo también lo bebo; es excelente.

–Más tarde; hable.

Yáñez vació su vaso, encendió un cigarrillo y luego, apoyándose cómodamente contra el respaldo de la silla, dijo:

–Escúcheme, pues, excelencia. La historia que voy a contarle no será larga, pero le interesará mucho.

Sandokan, siempre tendido en el diván, fumaba en silencio, manteniendo una inmovilidad casi absoluta.




Capítulo III

En el antro de los tigres de Mompracem

–Reinaba entonces en Assam –empezó Yáñez– el hermano del actual rajá, un príncipe perverso, entregado a todos los vicios, a quien odiaba todo el pueblo y, sobre todo, sus parientes, quienes nunca estaban seguros de ver el siguiente amanecer.

»Aquel príncipe tenía un tío que era jefe de una tribu de kotteris, es decir, de guerreros; hombre muy valeroso que en varias ocasiones había defendido las fronteras de su país contra las incursiones de los birmanos, por lo que gozaba de gran popularidad en todo el Assam. Sabiéndose mal visto por el sobrino –a quien sin motivo se le había metido en la cabeza que su tío conjuraba contra él para arrebatarle el trono y robarle sus inmensas riquezas– se retiró a sus montañas, entre sus fieles guerreros. Aquel valiente se llamaba Mahur: ¿ha oído hablar de él, excelencia?

–Sí –contestó secamente Kaksa Pharaum.

–Un mal día la escasez cayó sobre el Assam. Aquel año no cayó ni una gota de agua y el sol agostó las cosechas. Los brahmanes y los gurús indujeron entonces al rajá a celebrar en Goalpara una grandiosa ceremonia religiosa, para aplacar la cólera de las divinidades. El príncipe asintió de buen grado y quiso que asistieran a ella todos los parientes que vivían diseminados en su estado, sin excluir a su tío, el jefe de los kotteris, quien –sin sospechar nada– llevó consigo a su mujer y a sus hijos, dos varones y una niña, llamada Surama. Todos los familiares fueron recibidos con los honores que correspondían a su rango y con gran cordialidad por parte del príncipe reinante, y fueron alojados en palacio.

»Terminada la ceremonia religiosa, el rajá ofreció a todos sus familiares un grandioso banquete durante el cual, el tirano –como hacía siempre– bebió gran cantidad de licores. Aquel miserable trataba de excitarse antes de realizar una horrenda matanza, que tal vez meditaba desde mucho tiempo antes.

»Era casi la hora del crepúsculo y el banquete, preparado en el gran patio interior del palacio, rodeado por completo de altos muros, estaba a punto de terminar, cuando el rajá, no sé con qué excusa, se retiró junto con sus ministros.

De repente, cuando la alegría de los invitados había alcanzado el punto culminante, resonó un disparo de carabina, y uno de los familiares del monarca cayó con el cráneo destrozado por una bala. El estupor producido por aquel asesinato en plena orgía duraba aún, cuando retumbó un segundo disparo, derribando a otro invitado, que manchó el mantel con su sangre.

Era el rajá quien había hecho los dos disparos. El miserable había aparecido en una terracita que daba al patio y hacía fuego contra sus parientes. Los ojos se le salían de las órbitas, sus facciones estaban alteradas: parecía un verdadero loco.

A su alrededor tenía a sus ministros, quienes tan pronto le tendían vasos llenos de licor como carabinas cargadas. Hombres, mujeres y niños corrían locamente por el patio, buscando en vano una salida, mientras el rajá, rugiendo como una bestia feroz, seguía disparando y haciendo nuevas víctimas. Mahur –el más odiado de todos– fue uno de los primeros en caer. Una bala le partió la espina dorsal. Luego cayeron sucesivamente su mujer y sus hijos.

»La matanza duró una media hora. Treinta y siete eran los familiares del príncipe y treinta y cinco habían muerto bajo sus feroces disparos. Solamente dos habían escapado milagrosamente a la muerte: Sindhia, el hermano menor del rajá, y la hija del jefe de les kotteris, la pequeña Surama, escondida tras el cadáver de su madre. Sindhia había sido blanco de tres disparos de carabina, pero los tres se perdieron en el vacío, porque el joven príncipe se sustraía a las balas con bien calculados saltos de tigre. Presa de un tremendo espanto, no dejaba de gritar a su hermano:

»–¡Concédeme la vida, y abandonaré tu reino. Soy hijo de tu padre y no tienes derecho a matarme!

»El rajá, completamente ebrio, permanecía sordo a aquellos gritos desesperados y disparó otros dos tiros, sin conseguir alcanzar a su ágil hermano; luego, presa tal vez de un repentino remordimiento, bajó la carabina que le acababa de dar un oficial, gritando al fugitivo:

»–Si es cierto que abandonarás para siempre mis estados, te concederé la vida con una condición.

»–Estoy dispuesto a aceptar lo que quieras –contestó el desgraciado.

»–Echaré al aire una rupia; si la tocas con una bala de la carabina, te dejaré partir hacia Bengala sin hacerte ningún daño.

»–Acepto –contestó entonces el joven príncipe.

»El rajá le tiró el arma y Sindhia la cogió al vuelo.

»–Te advierto –rugió el loco– que si fallas correrás la misma suerte que los demás.

»–¡Échala!

»El rajá lanzó al aire la moneda de plata. Se oyó en seguida un disparo, pero no fue agujereada la moneda sino el pecho del tirano. Sindhia, en lugar de hacer fuego sobre la moneda, había vuelto el arma contra su hermano y le había fulminado, atravesándole el corazón. Los ministros y los oficiales se prosternaron ante el príncipe, que había librado el reino de aquel monstruo, y lo aceptaron sin más como rajá del Assam.

–Me ha narrado una historia que cualquier assamés conoce a fondo –dijo el ministro.

–Pero no la continuación –contestó Yáñez, sirviéndose otra copa y encendiendo el segundo cigarrillo–. ¿Sabría usted decirme qué fue de Surama, hija del jefe de los kotteris?

Kaksa Pharaum se encogió de hombros, diciendo:

–¿Quién iba a ocuparse de una niña?

–Sin embargo, aquella niña había nacido muy cerca del trono del

Assam.

–Continúe, milord.

–Cuando Sindhia supo que Surama había escapado a la muerte, en lugar de acogerla en la corte o, por lo menos, de hacerla llevar de nuevo a vivir entre las tribus adictas a su padre, la hizo vender en secreto a unos thugs que recorrían el país para procurarse bayaderas.

–¡Ah! –exclamó el ministro.

–¿Cree, excelencia, que el rajá, su señor, obró bien? –preguntó

Yáñez, repentinamente serio.

–No sé. ¿Murió la niña?

–No, excelencia. Surama es ahora una bellísima muchacha, y tiene un solo deseo: arrebatar a su primo la corona de este país.

Kaksa tuvo un sobresalto.

–¿Qué dice usted, milord? –preguntó asustado.

–Que tendrá éxito en su intento –contestó fríamente Yáñez.

–¿Y quién la ayudará?

El portugués se puso en pie y señalando con el índice al Tigre de

Malasia, que no había dejado de fumar, contestó:

–En primer lugar ese hombre, que ha derribado tronos y que venció al terrible Tigre de la India, Suyodhana, el famoso jefe de los thugs indios, y después yo. La orgullosa y gran Inglaterra, dominadora de medio mundo, ha tenido que doblar alguna vez la cabeza ame nosotros, los tigres de Mompracem.

El ministro se había levantado a su vez y miraba con profunda ansiedad ora a Yáñez, ora a Sandokan.

–Entonces, ¿quiénes son ustedes? –preguntó al fin, balbuceando.

–Hombres a quienes no podrían detener ni vuestros más formidables huracanes –contestó Yáñez con voz grave.

–¿Y qué quieren de mí? ¿Por qué me han traído a este lugar que nunca había visto?

En lugar de responder, Yáñez llenó de nuevo los vasos y tendió uno al ministro, diciéndole con voz insinuante:

–Beba antes, excelencia. Este licor exquisito le aclarará las ideas mejor que su detestable toddy. Beba con toda tranquilidad: no le hará daño.

El ministro, sintiéndose invadir por un invencible temblor nervioso, creyó oportuno no negarse.

Yáñez se concentró un momento, luego, mirando fijamente al desgraciado que tenía los labios descoloridos, le preguntó:

–¿Quién es el europeo que está en la corte del rajá?

–Un blanco a quien yo detesto.

–Perfecto, ¿cómo se llama?

–Se hace llamar Teotokris.

–¡Teotokris! –murmuró Yáñez–. Es un nombre griego.

–¡Un griego! –exclamó Sandokan, sorprendido–. ¿Qué es eso? Nunca he oído hablar de griegos.

–Tú no eres europeo –dijo Yáñez–. Esos hombres tienen fama de ser los más astutos de Europa.

–Difícil adversario entonces.

–Muy difícil.

–Bueno para ti –concluyó el Tigre de Malasia, sonriendo.

El portugués arrojó con enojo el cigarrillo; luego, volviéndose al ministro:

–¿Goza de mucha consideración en la corte ese extranjero? –le preguntó.

–Más que nosotros, los ministros.

–¡Ah! Perfecto.

De nuevo se había puesto en pie. Dio tres o cuatro vueltas en torno a la mesa, retorciéndose el bigote y alisándose la tupida barba; luego se detuvo ante el ministro que le miraba atónito, y le preguntó a quemarropa:

–¿Dónde esconden los gurús la piedra de salagram que contiene el famoso cabello del Visnú?

Kaksa Pharaum miró al portugués con profundo terror y permaneció mudo, como si se le hubiese paralizado la lengua.

–¿Me ha comprendido, excelencia? –preguntó Yáñez amenazador.

–La piedra de... salagram –balbuceó el ministro.

–Sí.

–Pero yo no sé dónde se encuentra. Sólo los sacerdotes y el rajá lo podrían decir –contestó Kaksa, recobrándose–. Yo no sé nada, milord.

–Miente –gritó Yáñez, alzando la voz–. También los ministros del rajá lo saben: me lo han confirmado muchas personas.

–Los otros tal vez; yo no.

–¡Cómo! ¿El primer ministro de Sindhia iba a saber menos que sus inferiores? Está jugando mal sus cartas, excelencia, se lo advierto.

–¿Y por qué quiere saber dónde está escondida, milord?

–Porque necesito esa piedra –contestó Yáñez con audacia.

Kaksa lanzó una especie de rugido.

–¡Robar esa piedra! –gritó–. ¿Ignora que el cabello que contiene perteneció, hace miles de años, a un dios protector de la India? ¿No sabe que todos los estados nos envidian esa reliquia? Si nos la arrebataran, eso sería el fin del Assam.

–¿Quién lo ha dicho? –preguntó Yáñez con ironía.

–Lo han afirmado los gurús.

El portugués se encogió de hombros, mientras el Tigre de Malasia dejaba oír una risita burlona.

–Ya se lo he dicho, excelencia: necesito esa caracola; pero añadiré, para tranquilizarle, que no la sacaré del Assam. No la tendré en mis manos más de veinticuatro horas, se lo juro.

–Entonces, pida al rajá ese favor. Yo no se lo puedo hacer porque ignoro dónde la esconden los sacerdotes de la pagoda de Karia.

–¡Ah! No quiere decírmelo –dijo Yáñez, cambiando de tono–. ¡Lo veremos!

En aquel momento se oyó sonar el gong, suspendido en la parte de fuera de la puerta.

–¿Quién viene a molestarnos? –murmuró Yáñez, arrugando la frente.

–Yo, señor; Sambigliong –contestó una voz.

–¿Qué hay de nuevo?

–Ha llegado Tremal-Naik.

Sandokan dejó la pipa y se levantó precipitadamente.

La puerta se abrió y compareció un hombre, diciendo:

–Buenas noches, mis queridos amigos; aquí estoy, dispuesto a ayudaros. Las manos de Sandokan y Yáñez se tendieron hacia el recién llegado, que las estrechó fuertemente, diciendo:

–Este es un gran día. Me rejuvenece el estar a vuestro lado.

El hombre que así hablaba era un hermoso tipo de indio bengalí, de unos cuarenta años, figura elegante y flexible, sin ser delgado, de facciones finas y enérgicas, piel levemente bronceada y brillante y ojos negrísimos y ardientes.

Vestía como los indios ricos, modernizados por la Young-India, que ya habían abandonado el dootèe y la dubgah para cambiarlos por el traje anglo-hindú, más simple y también más cómodo: chaqueta de tela blanca con alamares de seda roja, faja bordada y muy ancha, pantalones estreches También blancos y turbante listado en la cabeza.

–¿Y tu hija, Darma? –preguntaron a una Yáñez y Sandokan. –Está de viaje por Europa, amigos –contestó el indio–. Moreland deseaba que su mujer conociera Inglaterra.

–¿Ya sabes para qué te hemos llamado? –preguntó Yáñez.

–Lo sé todo: queréis mantener la promesa hecha aquel terrible día en que el Rey del Mar se hundía bajo los cañonazos del hijo de Suyodhana.

–De tu yerno –añadió Sandokan, riendo.

–Es cierto... ¡Ah!

Se había vuelto vivamente, mirando al ministro del rajá, quien permanecía junto a la mesa, inmóvil como una momia.

–¿Quién es ése? –preguntó.

–El primer ministro de su alteza Sindhia, príncipe reinante del Assam –contestó Yáñez–. ¡Vaya! Llegas precisamente en el momento oportuno. Di, Tremal-Naik, ¿tú sabrías hacer hablar a ese hombre que se obstina en no decirme la verdad? Vosotros, los indios, sois grandes maestros en ello.

–¿No quiere hablar? –repitió Tremal-Naik, examinando con atención al desgraciado que parecía estremecerse–. Los ingleses me hicieron hablar incluso a mí, cuando estaba con los thugs. Pero el que sabe más que yo sobre esto es Kammamuri. ¿Te corre prisa, Yáñez?

–Sí.

–¿Has recurrido a las amenazas?

–Sí, pero sin éxito.

–¿Ha cenado este señor?

–Sí.

–Es casi de día; por tanto podría tomar un tentempié, o una simple tiffine, pero sin cerveza. ¿No es cierto que lo aceptará usted en nuestra compañía?

–Llámale excelencia –dijo Yáñez maliciosamente.

–¡Ah! Excuse, excelencia –rectificó Tremal-Naik, con acento un tanto irónico–. Había olvidado que es el primer ministro del rajá. ¿Acepta una tiffine?

–Habitualmente no desayuno hasta las diez de la mañana –contestó el ministro, apretando los dientes.

–Usted, excelencia, seguirá las costumbres de mis amigos. Yo salí de Calcuta ayer por la mañana; he comido pésimamente durante el viaje en tren y peor aún en este país; así que tengo un hambre de tigre.

Permitidme, pues, que encargue a Kammamuri un suculento desayuno. Supongo que no faltan los víveres en esta vieja pagoda.

–Aquí reina la abundancia –contestó Yáñez.

–Ven conmigo entonces. Kammamuri es un magnífico cocinero.

Se cogieron del brazo y salieron juntos, dejando solos al desdichado ministro del rajá y a Sandokan.

Este último había vuelto a encender su cibuc y, tras tenderse en el diván, se puso a fumar en silencio, espiando atentamente al prisionero.

Kaksa Pharaum se dejó caer en una silla, cogiéndose la cabeza entre las manos. Parecía completamente aniquilado por aquella sucesión de acontecimientos imprevistos.

Los dos personajes permanecieron unos instantes silenciosos, uno fumando y el otro meditando sobre los tristes azares de la vida; luego el pirata, separando la pipa de los labios, dijo:

–¿Quieres un consejo, excelencia?

Kaksa alzó vivamente la cabeza, fijando sus ojillos en el formidable pirata.

–¿Qué quieres, sahib? –preguntó, rechinando los dientes.

–Si quieres evitar mayores males, debes decir lo que quiere saber mi amigo. ¡Fíjate, excelencia! Es un hombre terrible, que no retrocederá ante ningún medio, por cruel que sea. Yo soy el Tigre de Malasia; él es el Tigre blanco. ¿Quién puede ser más implacable? Ni yo sabría decírtelo.

–Ya he dicho que ignoro dónde está la piedra de salagram.

–El cigarro que te ha hecho fumar mi amigo te ha ofuscado algo más de la cuenta el entendimiento –replicó Sandokan–. Es necesario un buen desayuno. Ya verás, entonces, cómo se te aclara la memoria.

Volvió a tenderse en el diván y siguió fumando con toda calma.

Un profundo silencio reinaba en el salón. Se hubiera dicho que, aparte de los dos personajes, no habitaba nadie más en la vieja pagoda subterránea.

Kaksa Pharaum, más asustado que nunca, volvió a derrumbarse sobre la silla, con la cabeza entre las manos. El Tigre de Malasia no decía palabra, incluso procuraba no hacer ningún ruido con los labios.

Sin embargo, sus ojos llenos de fuego no se separaban del ministro. Se notaba que estaba en guardia.

Transcurrió media hora; luego se abrió la puerta y apareció otro indio, llevando entre las manos un plato humeante que contenía unos pescados cubiertos de salsa negruzca.

El recién llegado era un hombre de unos cuarenta años, más bien alto y membrudo, vestido completamente de blanco, rostro muy bronceado con reflejos cobrizos y unos aretes de oro en las orejas que le daban un no sé qué de gracioso y pintoresco.

–¡Oh! –exclamó Sandokan, dejando la pipa–. ¿Eres tú, Kammamuri? Estoy muy-contento de verte, siempre bien de salud y siempre fiel a tu amo.

–Los maharatos mueren al servicio de sus señores –contestó el indio–. Salud para ti, invencible Tigre de Malasia.

Entraron otros cuatro hombres, que traían fuentes llenas de diversos manjares, botellas de cerveza y servilletas.

Kammamuri depositó su plato ante el ministro, mientras entraban Yáñez y Tremal-Naik.

El Tigre de Malasia se puso en pie y fue a sentarse frente al preso, quien miraba con terror tan pronto a uno como a los otros, aunque sin pronunciar una sola sílaba.

–Perdóneme, excelencia, si el desayuno que le ofrezco es muy inferior a la cena con que usted me obsequió; pero estamos un poco alejados del centro de la ciudad y las tiendas aún no están abiertas. Haga, pues, honor anuestra modesta comida y tranquilícese. Tiene usted cara de funeral –dijo Yáñez.

–No tengo hambre, milord –balbuceó el desdichado.

–Tome unos bocados para acompañamos.

–¿Y si me negara?

–En tal caso, le obligaría a hacerlo. No se ofende a un lord con una negativa. Además, nuestra cocina no es inferior a la suya; pruebe y se convencerá. Más tarde seguiremos nuestra conversación.

Tal como hemos dicho, Kammamuri había depositado ante el ministro el primer plato que había traído y que contenía unos pescados que nadaban en una salsa negruzca, instándole a comer aquel guisado.

El pobre diablo, viendo fijos en él los amenazadores ojos de Yáñez, se decidió a comer, aunque realmente no tenía apetito.

Los demás no tardaron en imitarle, vaciando rápidamente los platos que tenían delante y que –por lo menos en apariencia– parecían contener un guiso igual.

Kaksa Pharaum había tragado ya algunos bocados, haciendo grandes esfuerzos, cuando dejó caer bruscamente el tenedor, mirando al portugués con turbación.

–¿Qué le ocurre, excelencia? –preguntó Yáñez, fingiendo estupor.

–Que me siento arder las entrañas –contestó el otro, que estaba pálido.

–¿No ponen ustedes pimienta en sus guisos?

–No tan fuerte.

–Siga comiendo.

–No... déme de beber... ardo.

–¿De beber? ¿Qué quiere?

–Esa cerveza –contestó el desdichado.

–Oh, no, excelencia. Ésa es exclusivamente para nosotros, además usted, como indio, no podría bebería porque nosotros, los ingleses, para aumentar la fermentación de la cerveza, le agregamos algún trozo de grasa de vaca. Y usted, excelencia, sabe mejor que yo que para los indios la vaca es un animal sagrado y que quien la come sufrirá tremendas penas después de su muerte.

Sandokan y Tremal-Naik hacían esfuerzos para retener una estrepitosa carcajada. ¿Qué más podía inventar aquel demonio de portugués? ¡Hasta grasa de vaca en la cerveza inglesa!

Yáñez, maravillosamente serio, llenó un vaso de cerveza y lo tendió al ministro, diciéndole:

–Beba de iodos modos, si quiere.

Kaksa hizo un gesto de horror.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-49 show above.)